domingo, 13 de octubre de 2013

El cuento de Fe

Al norte de un país, entre montañas nubladas, habitaban tres monstruos idénticos. Uno se llamaba Fa, el otro Fe, y el último Fu. Los tres eran terriblemente fuertes y competían uno con el otro en velocidad, astucia e inteligencia. Un día Fa dijo a los otros dos: “Este lugar dejó de ser divertido, vámonos, cada uno en una dirección y hagamos una nueva vida. Dentro de diez años encontrémonos de vuelta y veamos quién es mejor que los demás.” Fe y Fu estuvieron de acuerdo, de modo que salieron brincando en direcciones diferentes.

Esta es la historia de Fe, y de cómo quedó solo en el mundo.

Fa llegó a una aldea de pescadores. Estaba impresionado con los colores y aromas nuevos. Cuando intentó acercarse a saludar a uno de los habitantes del poblado este murió por la impresión de ver una criatura tan espantosa y terrible. ¡Fa estaba aún más emocionado! Era el ser más poderoso del lugar, los humanos no tenían oportunidad contra él. De modo que habitó en una cueva al norte de la aldea desde donde bajaba  ocasionalmente a la ciudad para comer y desgarrar la carne fresca de quién quiera que se le atravesara. 

Había hallado su felicidad.

Fu encontró una caravana de artistas que se dedicaban a entretener a reyes y príncipes. Estaba impresionado con sus luces y con su música. De modo que se unió a ellos e interpretaba el papel de bestia feroz, que se le daba muy bien, recibiendo aplausos en cada castillo que visitaban. Había hallado su felicidad.

En cuanto a Fe, este encontró una gran ciudad y le pareció increíble la cantidad de personas que viajaban, iban y venían, sin rumbo, pensando en sí mismas, perfeccionando su narcisismo. Intentó asustar a algunos, pero, nadie le puso atención. Mató a varios y los dejó desangrándose en el pavimento pero, nadie le puso atención. Fe estaba aburrido.

Un día, Fe estaba en lo alto de un edificio y, al ver hacia abajo vio a un hombre alto y de semblante serio. Al paso de este hombre todos se asombraban, a una palabra suya morían miles, no solo dos o tres. Fe estaba encantado con este hombre. Así que una noche entró en su habitación y le dijo: “Si quieres puedo hacerte más fuerte, solo tienes que pedirlo.” El hombre era codicioso, así que accedió.

Fe entró por su boca y se alojó en sus entrañas llenando todo su interior. Ya adentro, Fe conoció a la conciencia de este hombre; era minúscula, oscura e indiferente. De modo que la aplastó lentamente y la conciencia gritó de dolor, suplicando piedad. La conciencia le dijo a Fe todo lo que sabía del hombre y sus actos a cambio de sobrevivir, así que Fe escuchó con atención. 

Ahora Fe no estaba aburrido, había hallado a un monstruo mayor que él en astucia y crueldad.

Fe admiraba al hombre en el que vivía, lo admiraba tanto que un día, estirado en su interior, se preguntó qué pasaría si probaba su cerebro. Tomó un bocado y el hombre gritó. A Fe le encantó ese sabor negro y viscoso de modo que siguió comiendo. Y siguió y siguió, hasta que el hombre murió. Ahora Fe era ese hombre y podía hacer lo que quisiera, era listo y mejor aún, doblemente despiadado. Fe empezó a matar uno por uno a los habitantes de aquella gran ciudad. Millones murieron.

Al darse cuenta, la gente de ciudades y países vecinos acudieron a pelear en su contra. Sin embargo él se dio cuenta de que los grandes señores, que decían desaprobar la guerra y la muerte, en realidad veían en ella un gran negocio y sintió asco, de modo que los devoró también, volviéndose incluso más fuerte que al inicio.

Fe creció, se hizo más listo y sanguinario y, diez años después regresó al norte de su país de origen. Fa y Fu ya estaban allí. Al instante de verlos se dio cuenta de que, ya no eran iguales. Él era mejor, y ellos, conformistas. Demasiado estúpidos. De modo que los devoró también creciendo de tamaño considerablemente.


Pronto, el mundo no era suficiente para Fe. Pero él era astuto, de modo que, con su poder, creó a un par de niños y los colocó en un rincón de su patio trasero. Los niños crecieron y tuvieron más niños y estos a su vez más niños. Fe ya no estaba aburrido, tenía juguetes con los cuales jugar, carne fresca que destazar y sangre caliente para beber.  

No, no estaba aburrido, eso sí, estaba completamente solo.


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