miércoles, 4 de marzo de 2015

16

-¿Por qué haces esto?- Preguntó jadeando mientras alejaba su rostro del de ella.
-Porque... se me antoja.- Respondió atrayéndolo de vuelta y pegando sus pechos contra su torso.

La sensación era gloriosa. Casi celestial. Tenía ese gusto a vainilla, a fresas, a pecado.

<<Si esto está mal, ¿por qué rayos se siente tan bien?>> Se dijo a sí mismo casi automáticamente. Automaticamente porque todas sus funciones primarias estaban centradas en lo que tenía ahora mismo frente a él. En ella. En su cintura, en sus caderas, en esos pechos agolpados con furia contra él. En su lengua que ahora mismo lo acariciaba como a un odiado rival.

Sin embargo el miedo, otra función primaria ganaba terreno también con cada segundo que pasaba. Miedo a que los descubrieran. Miedo a las repercusiones. Miedo a tener que parar.

Sus manos se deslizaron bruscamente debajo de su playera buscándole el pecho mientras él la atraía aún con más fuerza hacia su cuerpo sujetándole la parte baja de la espalda.

Era demasiado. No podía seguir. No sin arriesgarse a tener que llevar el entero ritual hasta el final. De manera que con todo el dolor de su alma la alejó nuevamente diciéndole: -Es suficiente. Alguien nos verá.

La tomó de la mano y empezó a caminar mientras ella se colocaba gracilmente a su lado y se recostaba levemente sobre él.

Esa proximidad. Ese fuego. Esa delicada mano aún húmeda y caliente que lo sujetaba con fuerza y esos ojos, <<¡Dios! Esos ojos>>, hicieron que, de repente, el mundo entero pareciera un lugar infinitamente mejor. Como si el mismísimo espacio-tiempo se modificara justo a su alrededor lo necesario para que pudieran ocultar lo que sentían.

¿Que si duraría? ¡Por supuesto que no! Pero eso era algo que ya ambos sabían muy bien. ¿Que si era un amor prohibido? Absolutamente. Lo era y lo seguiría siendo. Pero era eso lo que lo hacía aún mejor.

De momento quedaba disfrutarlo, ocultarlo, mentir. Ya habría tiempo para lamentarse después. Ohhh, vaya si habría tiempo.

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