jueves, 5 de diciembre de 2013

Al diablo todos (+12)


Relato ficticio.



Hacía un frío del demonio.

<<¡Maldita sea!, -dijo Yulia para sus adentros-, llevo dos horas acá y no hay modo que salga.>>

Se refería a Ana, claro.
Ana había sido una gran gimnasta, adorable hasta el extremo, trabajadora incansable y una excelente amiga.

<<Todo lo que yo nunca fui. –Pensó>>

Pero ahora el destino les había dado otra oportunidad. Una oportunidad de destacar.
Las chances de que ganaran medallas por su nuevo país eran escasas, sí, pero eran mayores que si elegían quedarse en Rusia.

<<Si es que nos aceptan. -Pensó>>

-Acá todas tienen su plaza dentro del equipo, y solo la soltarán si las matamos. –Dijo entre risas Ana una semana antes.- Pero, no tienes porqué ir Yulia, -añadió al ver la cara de tristeza que puso,- aunque, a mí me encantaría que lo hicieras.

Que una chica de su categoría le hablara con tanta familiaridad la hacía sentir especial. Así que, después de muchas lágrimas, Yulia había aceptado.

<<La despedida será lo peor, -se dijo a sí misma preocupada.>>

Tendría que explicar su decisión a la Federación, e incluso a las autoridades del gobierno. Rusia seguía siendo una nación muy patriota y que una chica decidiera cambiar su nacionalidad era poco más que un insulto.
Su teléfono sonó de repente haciendo que saltara del susto. Artem Loik, el rapero ucraniano, sonaba cada vez que alguien la llamaba.

<<Tendré que cambiarlo al rato, -se convenció.>>

Observó la pantalla y vio quién la llamaba: Vikuska.

<<¡No puede ser!>>

Pensó unos instantes si contestar o no. Pero al final se decidió.

-Diga.
-¡Yulia!, ¿eres tú?, -su voz sonaba preocupada.
-Sí, hola Vika. ¿Cómo estás?
-¿Cómo que cómo estoy?, ¿sabes de lo que me he enterado hoy? ¡Valentina está enojadísima! ¡Por favor, dime que no es cierto!
-Lo es Vikuska. No me queda nada acá. Lo sabes tan bien como yo…

Un sollozo atravesó la bocina.

>>Lo siento Vika, -añadió.
-¿Hay… algo que pueda hacer para que lo reconsideres?
-No, no lo hay. A menos que quieras matar a Valentina y a Mustafina. –Yulia río un poco.
-Lo pensaré, -respondió la chica un poco más tranquila. -Si sabes el lío que se te viene, ¿no?
-Lo sé.
-Entiendo. Te extrañaré Yulia. ¡Vaya si lo haré!
-Y yo a ti Vika. Te adoro.
-Lo bueno es que seguirás en el país, al menos por ahora.
-Sí, -dijo lanzando un suspiro,- eso es lo bueno. –Pero Yulia no estaba tan segura de que lo fuera.

Los minutos transcurrían con una lentitud exasperante. El reloj la observaba recriminador.

-¿Cómo te atreves a darle la espalda a tu patria?- Parecía decirle.

<<¡No quería hacerlo!, créeme, no quería>>

Las lágrimas asomaban a sus ojos cuando la puerta del despacho se abrió de repente haciendo que Yulia se espabilara de inmediato. Ana estaba frente a ella. A pesar de sus años seguía luciendo una piel encantadora.

-¿Y bien?- Le preguntó.

Sonrió de oreja a oreja.

-Aprobadas, -dijo, -ambas.

Las dos se abrazaron y rieron como el par de chiquillas que eran.

-¡Tendremos que preparar todo! –Le dijo Ana de repente sin dejar de sonreír.- Al fin, Yulia, -añadió,- tendremos nuestra oportunidad. –Sus ojos brillaban de felicidad.

-¡Lo sé!, lo he estado esperando con tanta ilusión que no sabía lo que haría cuando… -Ana la interrumpió con un beso que la hizo estremecer. Su lengua se movía dentro de su boca arrastrando a su paso un placer indescriptible. Sabía a victoria, sabía a derrota, sabía a… ¿traición? Muchos así lo dirían, sin duda. Pero por un solo instante se dejó llevar, entrecerrando los ojos mientras pensaba:

<<Al diablo todos. Ya somos Azerbaiyanas.>>

lunes, 14 de octubre de 2013

Mi nombre es Luis, y soy... (+18)

Llevaba veinte minutos sentado en la misma silla gris. En la misma posición. No había tenido oportunidad de levantarse para nada.

<<Al menos nadie me hecho preguntas, -se dijo.>>

Tenía veintidós años cumplidos, pero aparentaba tener treinta.

<<Maldita vida. Maldita psiquiatra. No sé quién me manda a hacerle caso.>>

Pero era obedecerle o arriesgarse a que se repitiera de nuevo. El solo pensarlo lo hizo estremecerse. 

El presidente de la sesión seguía hablando de experiencias del pasado y de un juego de futbol dominical.

<<¿Es que no piensa callarse? –Cuestionó molesto.- No sé quién me manda a hacerle caso.>>

El pecho empezó a dolerle. Allí, donde ni hacía dos meses había tenido alojada una bala calibre nueve milímetros.

La luz de la plataforma lo cegó un instante. Una lágrima asomó a su ojo derecho. Lo cerró de inmediato.

<<¿Qué rayos soy?, ¿una chica? Lo hizo y no puedo hacer nada. Lo merecía. Debe quedarse atrás.>>

Pero a pesar de todo le seguía doliendo el pectoral izquierdo. Palpitaba como un reloj descompuesto. El hombro. El cuello. El malestar no cesaba nunca.

<<Y para empeorarlo todo me pica el maldito brazo. -Dijo molesto.>>

Tenía vendada su extremidad menos hábil. Porque Luis, así se llamaba, era diestro. Una pequeña mancha de sangre asomaba tímida entre los vendajes del hombro. Del hombro contrario una venda más ancha sostenía su antebrazo a la altura de las costillas. El puño tocaba perfectamente el bíceps derecho.

Se rascó sobre los vendajes pero su situación no cambió mucho. Solo consiguió que el pecho le doliera más.

El presidente lo observó desde el atril por un instante.

<<¡Rayos!, me ha visto.>> Había tenido la esperanza de pasar desapercibido.

El hombre que hablaba carraspeó un poco. Tenía la voz recia y serena.

-Parece que tenemos un nuevo miembro, -dijo. Tratando de suavizar su tono,- ¿Te gustaría presentarte? –Preguntó.

No había nada que pudiera hacer.

<<Acabemos con esto>>, -pensó, poniéndose de pie.

Una chica dos asientos a su izquierda lo observó mientras se levantaba. Trató de verla mejor pero una aguja se clavó en su cuello cuando lo intentó. La había observado cuando llegó. Una rubia preciosa. Pechos generosos y cintura fina, como la de una estatua de porcelana.

<<Apuesto a que podría rodeársela con las manos. De no tener un brazo medio inútil, -se dijo amargado.>>

Todo el mundo lo observaba ahora. La vergüenza lo invadió. Se aclaró la garganta.

-Emmm. –Y las palabras no salían.- Buenas noches a todos, -dijo nervioso,- me llamo Luis y, es la primera vez que vengo.

Transcurrieron dos segundos en lo que le pareció una eternidad.

-¡Hola Luis! –Respondieron todos en la sala.

El presidente le sonrió, o al menos hizo el intento. <<Si esa es su sonrisa no quiero imaginarme sus demás gestos. –Pensó.>>

-Sed bienvenido amigo Luis. Será un placer conocerte y conversar contigo. –La voz del hombre resonó fuerte por las bocinas del techo,- Esa herida de tu pecho…

<<Aquí viene.>>

-Esa herida de tu pecho, ¿es por…? –El presidente no se animó a terminar la oración. Pero él sabía perfectamente lo que había querido decir.

-Sí. –Respondió,- Por eso mismo.


 Lo recordaba como si hubiera sido ayer.


Ricardo había sido su mejor amigo desde la infancia. Habían compartido todo, incluso una novia cuando ambos tenían siete. Crecieron aprendiendo juntos, uno del otro; trucos, estrategias, incluso mentiras.

Todo lo que llegaron a saber de mujeres se lo debían a las más sucias artimañas. El placer era el bien supremo, el compromiso su repelente. Pasaron toda la adolescencia, y parte de su vida adulta, buscando lo primero y evitando a toda costa lo segundo.

Hasta ese día…

Se lo habían prometido hacía mucho tiempo. Ninguno se daría por completo. A nadie. Jamás.

Pero ahí estaba Ricardo, frente a él. No se veían hacía meses. Desde que compró su apartamento a las afueras de la ciudad. A partir de entonces había evitado sus llamadas, no iba más a fiestas y había abandonado la vida de donjuán. Y hoy, al verlo con esa mirada idiota, idiota y avergonzada, Luis supo exactamente lo que estaba pasando.

-¿Cómo se llama la chica?- Preguntó directamente.

-Evangelina…- respondió, bajando la vista.

-Siempre supimos que este día llegaría, ¿no?- Al verlo supo que no había nada que se pudiera hacer. Estaba enamorado.

Cualquier otro amigo habría preguntado por la chica, pero no Luis. Le daba asco el romanticismo propio de los enamorados. Lo que deseaba era irse de allí, lo más pronto posible.

-Te invitaré a la boda,- le dijo Ricardo. Pero debió notar la mueca en la cara de Luis porque se apresuró a añadir: -Vamos, es mi boda, tienes que estar ahí.

-Claro, claro, ahí estaré,-respondió, fingiendo una sonrisa.


De modo que las semanas pasaron, como se suponía debían pasar.

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Era una noche de miércoles. Las sábanas se le pegaban al cuerpo desnudo. La luz titilaba amarillenta sobre la amplia cama.

Ahí estaba.

Tendido con las piernas ligeramente abiertas y la vista apuntando al techo.  Un techo color marfil.
Había pagado mucho más por esa habitación.

<<Quería que fuera especial, -se dijo.- Y ese fue mi primer error.>>

La cama crujió bajo el peso que soportaba. Una hermosa chica estaba arrodillada frente a él. Lamiéndole el miembro erguido.

Su niña. Su querida niña. Había tal abandono en su actitud que se notaba a leguas que no era la primera vez que lo hacía.

Las manos recorriendo cada espacio de su cuerpo. Sujetando, acariciando, retorciendo. Y de pronto sus labios lo envolvieron por completo. Su lengua lo presionó sin piedad en una interminable faena de placer.

Luis arqueó la espalda. Una descarga eléctrica recorrió su espina dorsal.

<<No lo soporto más. –Se dijo.>> Mientras se sentaba y levantaba el rostro de su pareja.

La tomó por los hombros y se abalanzó sobre ella, penetrándola. Sus ojos se cerraron. Los de ambos. Rodaron como enemigos. En una línea continua. Sincronizada entre brazos, piernas, jadeos, besos y suspiros. Hasta que el universo mismo explotó. O al menos así lo creyó él.

Descansaron entre tibias almohadas. Exhaustos. Cuando, de repente, alguien tocó a la puerta de la habitación.

-¿Pediste algo?, -inquirió la chica.

-No, nada. –Dijo Luis levantándose y buscando algo para cubrirse.

Se acercó a la puerta en silencio estirando los músculos de la espalda y preguntó:

-¿Quién es?

Pero no hubo ninguna respuesta. Se volvió extrañado a Evangelina, que lo miraba con ojos muy abiertos.

<<Ojos de miel.>>

Puso la mano en el pomo de la puerta y, antes de abrir, dudó un poco.

Debió haber dudado mucho más.

Las bisagras se expandieron abriendo la puerta. El aire golpeó su rostro y lo hizo cerrar un poco los ojos abriéndolos a tiempo para ver la silueta atlética de Ricardo, parado frente a él con el rostro indignado.

-¡Ricardo!, -gritó Luis-, puedo explicarlo, puedo expli…

Una detonación sacudió la habitación. Eva gritó mientras Luis caía en un remolino de dolor.

-Espera, por favor, -se oyó decir con esfuerzos mientras Ricardo entraba en la habitación con un arma en la mano-, no le hagas daño.

Tres explosiones más bastaron para responder a su petición.

En esas mismas sábanas, otrora ardientes, yacía un cuerpo muerto con los ojos medio abiertos.


Una amistad, una vida ajena, litros de sangre y su propia existencia… <<Todo echado a perder.>>


Pero no había nada que pudiera hacer. <<Al menos no para resolver el pasado. –Dijo suspirando.>>
Y ahora estaba en esa sala llena de gente como él.

El presidente de la sesión le sonrió, o al menos hizo el intento.

-Sed bienvenido amigo Luis. Será un placer conocerte y conversar contigo. –La voz del hombre resonó fuerte por las bocinas del techo,- Esa herida de tu pecho…

<<Aquí viene.>>

-Esa herida de tu pecho, ¿es por…? –El hombre no se animó a terminar la oración. Pero él sabía perfectamente lo que había querido decir.

-Sí. –Respondió,- Por eso mismo.

Se aclaró la garganta por segunda vez.


-Mi nombre es Luis Peña, tengo 22 años y… soy un adicto al sexo.




Relato basado en sucesos reales.
Se han cambiado los nombres.


domingo, 13 de octubre de 2013

El cuento de Fe

Al norte de un país, entre montañas nubladas, habitaban tres monstruos idénticos. Uno se llamaba Fa, el otro Fe, y el último Fu. Los tres eran terriblemente fuertes y competían uno con el otro en velocidad, astucia e inteligencia. Un día Fa dijo a los otros dos: “Este lugar dejó de ser divertido, vámonos, cada uno en una dirección y hagamos una nueva vida. Dentro de diez años encontrémonos de vuelta y veamos quién es mejor que los demás.” Fe y Fu estuvieron de acuerdo, de modo que salieron brincando en direcciones diferentes.

Esta es la historia de Fe, y de cómo quedó solo en el mundo.

Fa llegó a una aldea de pescadores. Estaba impresionado con los colores y aromas nuevos. Cuando intentó acercarse a saludar a uno de los habitantes del poblado este murió por la impresión de ver una criatura tan espantosa y terrible. ¡Fa estaba aún más emocionado! Era el ser más poderoso del lugar, los humanos no tenían oportunidad contra él. De modo que habitó en una cueva al norte de la aldea desde donde bajaba  ocasionalmente a la ciudad para comer y desgarrar la carne fresca de quién quiera que se le atravesara. 

Había hallado su felicidad.

Fu encontró una caravana de artistas que se dedicaban a entretener a reyes y príncipes. Estaba impresionado con sus luces y con su música. De modo que se unió a ellos e interpretaba el papel de bestia feroz, que se le daba muy bien, recibiendo aplausos en cada castillo que visitaban. Había hallado su felicidad.

En cuanto a Fe, este encontró una gran ciudad y le pareció increíble la cantidad de personas que viajaban, iban y venían, sin rumbo, pensando en sí mismas, perfeccionando su narcisismo. Intentó asustar a algunos, pero, nadie le puso atención. Mató a varios y los dejó desangrándose en el pavimento pero, nadie le puso atención. Fe estaba aburrido.

Un día, Fe estaba en lo alto de un edificio y, al ver hacia abajo vio a un hombre alto y de semblante serio. Al paso de este hombre todos se asombraban, a una palabra suya morían miles, no solo dos o tres. Fe estaba encantado con este hombre. Así que una noche entró en su habitación y le dijo: “Si quieres puedo hacerte más fuerte, solo tienes que pedirlo.” El hombre era codicioso, así que accedió.

Fe entró por su boca y se alojó en sus entrañas llenando todo su interior. Ya adentro, Fe conoció a la conciencia de este hombre; era minúscula, oscura e indiferente. De modo que la aplastó lentamente y la conciencia gritó de dolor, suplicando piedad. La conciencia le dijo a Fe todo lo que sabía del hombre y sus actos a cambio de sobrevivir, así que Fe escuchó con atención. 

Ahora Fe no estaba aburrido, había hallado a un monstruo mayor que él en astucia y crueldad.

Fe admiraba al hombre en el que vivía, lo admiraba tanto que un día, estirado en su interior, se preguntó qué pasaría si probaba su cerebro. Tomó un bocado y el hombre gritó. A Fe le encantó ese sabor negro y viscoso de modo que siguió comiendo. Y siguió y siguió, hasta que el hombre murió. Ahora Fe era ese hombre y podía hacer lo que quisiera, era listo y mejor aún, doblemente despiadado. Fe empezó a matar uno por uno a los habitantes de aquella gran ciudad. Millones murieron.

Al darse cuenta, la gente de ciudades y países vecinos acudieron a pelear en su contra. Sin embargo él se dio cuenta de que los grandes señores, que decían desaprobar la guerra y la muerte, en realidad veían en ella un gran negocio y sintió asco, de modo que los devoró también, volviéndose incluso más fuerte que al inicio.

Fe creció, se hizo más listo y sanguinario y, diez años después regresó al norte de su país de origen. Fa y Fu ya estaban allí. Al instante de verlos se dio cuenta de que, ya no eran iguales. Él era mejor, y ellos, conformistas. Demasiado estúpidos. De modo que los devoró también creciendo de tamaño considerablemente.


Pronto, el mundo no era suficiente para Fe. Pero él era astuto, de modo que, con su poder, creó a un par de niños y los colocó en un rincón de su patio trasero. Los niños crecieron y tuvieron más niños y estos a su vez más niños. Fe ya no estaba aburrido, tenía juguetes con los cuales jugar, carne fresca que destazar y sangre caliente para beber.  

No, no estaba aburrido, eso sí, estaba completamente solo.


lunes, 12 de agosto de 2013

Y ahí estaba

Y ahí estaba.

Después de tanto tiempo por fin la tenía frente a él.

<<¿Y ahora qué rayos le digo?, -pensó desesperado-, ¡no sé una maldita palabra en este idioma del demonio!>>

Los ojos de ella, enormes y expresivos, se paseaban por un periódico con total soltura, ignorando los pensamientos del chico sentado a solo unos metros.

<<Debo decirle algo, -se convenció-, la he admirado por tantos años, he recorrido medio mundo; no puedo acobardarme ahora.>>

Así que se levantó de pronto. Su corazón latía tan fuerte que por un momento pensó que atravesaría su camisa. Dio unos pasos y se plantó frente a ella. Era el tiempo de la verdad.

-Emmmm, disculpa... ¿eres tu...? -Las palabras murieron en su garganta.

Justo en ese momento Aliya levantó la vista hacia él, y, al nomás notar su presencia, y su inseguridad, le dedicó una mirada gélida, esa misma mirada por la que era tan famosa.

El sudor fluía sin parar. ¡No sabía qué decir! No lo sabía, ni lo sabría nunca.

Justo en ese momento ella se puso de pie. Dio media vuelta y se marchó.

Eso era todo. Todo para él. Después de semejante bienvenida no se atrevería a entrar al gimnasio ni a regresar nunca más.

<<¿Es que he venido aquí para nada?>> -Preguntó con lágrimas surgiendo de sus ojos.

Volvió la vista justo cuando Aliya entraba al recinto. Su sueño había muerto en Round Lake esa tarde.

Se detuvo unos segundos con la vista clavada en la puerta que se cerraba y se resolvió a salir con la poca dignidad que le quedaba.

Volvió sobre sus pies tan de prisa que no se dio cuenta que chocaba con alguien y ambos cayeron al suelo.

Él se apresuró a levantarla, porque era una chica, mientras preguntaba:

-¿Estas bien?

Viktoria abrió sus enormes ojos mientras decía:

-Я в порядке. Не волнуйся.

Una sonrisa sincera salió de sus labios mientras se acomodaba la coleta con ambas manos.

-До свидания. Я должен тренироваться. -Le dijo contenta y radiante mientras seguía su camino con su mochila de la federación sobre el hombro derecho.

El sol brilló sobre el rostro de Diego mientras el color regresaba a sus mejillas.

<<Siempre supe que serías tú la que arreglaría mi día, -se dijo a sí mismo mientras se daba la vuelta-. Siempre supe que serías real.>>

¿Qué su viaje había terminado? Nada de eso. No había hecho sino empezar.




Relato corto dedicado a mi buen amigo Diego Cesar Aponte.

miércoles, 3 de abril de 2013

La hora llegó

La hora llegó.

Tenía el cuadro de suelo al frente. El sudor le escocía los ojos. Se limpió con la mano empuñada pero solo consiguió que le dolieran más. No quedaba ninguno de sus compañeros en el gimnasio, se habían marchado todos hacía ya varios minutos.

<<Y aquí estoy yo, -pensó-, por ella, solo por ella.>>

Colocó las palmas junto a sus piernas, movió la derecha ligeramente hacia adelante y la izquierda un poco hacia atrás. Tomó impulso y sus pies se empezaron a desplazar. Corrió lo más rápido que pudo. Sentía el viento sobre su rostro, tan fresco, tan libre, tan frío. Los siguientes movimientos lo cegaron. Todo sucedió por inercia.

Pierna derecha unos centímetros por delante de su compañera. Las palmas al piso. Ambas dirigidas solo un poco hacia la izquierda. Lo suficiente para ayudarle a completar la rondonada. El suelo pasó frente a sus ojos a una velocidad vertiginosa. Sus piernas surcaban el espacio; y de pronto las puntas de sus pies tocaron la superficie de nuevo. Sabía lo que se avecinaba.

<<El primer flic-flac.>>

Arqueó la espalda de vuelta al piso. La parte baja del abdomen le dio una punzada. Sus manos tocaron la lona y todo se repitió una segunda vez. De nuevo el abdomen. Ahora se acercaba lo difícil: el triple giro.

<<¡Altura!, -pensó durante una fracción de segundo-, necesito altura.>>

Y las piernas lo llevaron de vuelta hacia arriba. Sintió cómo los músculos y tendones se estiraban al máximo. Puso los puños sobre el pecho. El codo derecho inclinado hacia el lado derecho.  Su pie izquierdo traslapado sobre su compañero y… estaba ciego de nuevo.

No había nada qué hacer. Contó los giros: <<Uno… dos… y…>>

El lado derecho de su pie diestro tocó primero el colchón. La presión lo arrastraba sobre su flanco más hábil. De repente distinguió dónde estaba. Iba cayendo. Una vez más.

Y todo acabó.

<<Al menos por ahora, -pensó.>>

El esfuerzo de diez segundos lo había dejado exhausto. Sentado. Cabizbajo. Se había lastimado el antebrazo en ese último movimiento y para variar el abdomen le seguía molestando. Necesitaba más altura, lo sabía, lo entendía. Dos y medio no son tres.

Las palabras salieron de su boca, susurradas, jadeadas: -Dos y medio no son tres, -dijo. Mientras daba un puñetazo a la lona.

Y por un instante el sonido llegó a él. Eran risas. Voces suaves. Voces duras. Y la voz de ella, sí, la voz de ella.

Levantó la vista para obsevarla, pero el sudor se coló de nuevo en sus ojos. Había hallado un camino y no lo dejaría tan fácilmente. Los cerró inmediatamente. Deslizó los pies hacia sus glúteos, llevando las rodillas a su rostro y se limpió con su pantalón deportivo.

<<Bosco, -se dijo a si mismo.>> Al menos la tela era suave.

Su último movimiento había atraído su atención hacia él. Con sus ojos ya limpios nada impidió que los enfocara para que se encontraran con los de ella.

Eran unos ojos preciosos. Grandes, vivos. Incluso intimidantes.

<<Los más hermosos de Londres, -pensó-. O al menos eso dicen las revistas de moda.>>

Un camarógrafo se interpuso entre ellos y la conexión terminó.

La estaban entrevistando. <<De nuevo.>>

Dos tipos hacían preguntas a cuatro chicas. Dos bastaban para todas ellas. Incluso Yulia estaba allí. Pero no para ella. Ella tenía dos reporteros para sí misma. La atención que le daban era enorme, extraordinaria.

<<Ha ganado muchos corazones en pocos días, -se dijo-, pero al final es mía. Solo mía.>>

El abdomen le molestaba de nuevo.

La medallista de plata también estaba allí. Cerca de la viga de equilibrio. Igual que su novia tenía dos altos periodistas acosándola. Se lo había ganado. ¡Y vaya si era amable con ellos! Les estaba enseñando sus dos preseas y riéndose con el del micrófono.


Muchos lo odiarían cuando se enteraran. Lo sabía. El mundo entero la amaba. A ella. Pero no lo amarían a él.

Daba igual. No le importaba lo que pensaran. Nunca sufrió por lo que decían a sus espaldas en otras ocasiones. <<Y esta vez no será diferente. –Se dijo.>>

Se puso de pie. Al parecer la entrevista se alargaría mucho más.

<<¿De dónde rayos vienen ahora?, ¿Rusia 1?>>

Sabía que sucedería. Acababan de volver. El país aún estaba loco por el equipo. Pero en especial por ella.

Le habían dado un auto nuevo, dinero, flores, reconocimientos. Incluso el presidente la había felicitado públicamente. ¡Le obsequiaron tanto cuando volvió!

Pero todo eso no le importaba. Sabía que seguía prefiriendo el oso de felpa que le dio antes de que se fuera.

<<Le habrán podido dar bienes. Pero yo recibí algo mejor, mucho mejor. –El simple recuerdo lo estremeció.>>

Caminó hacia los vestidores, sin mirar atrás. No quería que notaran su ansiedad.
Los sonidos desaparecieron gradualmente. Una ducha le sentaría bien.


Con la ropa afuera el agua se deslizó sobre su pecho desnudo, cubriendo su abdomen. Pasó sus dedos por las hebras de su cabello. El antebrazo derecho aún le molestaba y el agua caliente hacía que su abdomen bajo palpitara de dolor.

Volvió la vista hacia sus piernas y lo vio. Parecía un golpe. Justo sobre la pelvis.

<<Le dije que no lo hiciera, -se consoló.>> Pero en el fondo se alegraba de que no le hubiera escuchado.

Después de unos minutos se acercó a su casillero. Tomó su ropa de uso diario y se cambió. Pantalones vaqueros azules, de algodón. Al abrochárselos una punzada de agonía recorrió su pelvis superior. Hizo una mueca de dolor. La camisa iba a continuación, seguida de unos calcetines blancos y de un par de tenis, también azules.

Tomó su maletín y salió al pasillo. Ella seguía en la sala de entrenamiento con sus compañeras. Había tenido la esperanza de despedirse de ella con un beso pero tendría que esperar un poco más.

Sus pasos resonaban por el corredor. No quedaba nadie más en el gimnasio. O al menos eso parecía.

El guarda de la puerta aún estaba en su puesto. Tenía sueño al parecer.

Al escucharlo llegar se volvió hacia él y sonrió.

-Sales tarde. ¿Todo bien? –Sus ojos delataban que había estado durmiendo.

-Por supuesto, -contestó-. Esperando un poco y aprovechando a entrenar.

-Me alegro, -respondió el anciano.- ¿Y las chicas?, ¿siguen allí?

-Sí. Unos reporteros están con ellas

-Es de esperarse. Lo han hecho bien. Me alegro por ellas.

-Yo también. -Suspiró.

Ambos se quedaron sin palabras unos segundos. El teléfono del gimnasio sonó de repente.

-Permíteme, -se excusó el guardia. Tomó el auricular y contestó:

-Diga. –dijo, soltando un bostezo.- Claro, claro, acá está en la entrada. Ahora se lo comunico.

<<¿Llamada para mí?, -se preguntó extrañado.>>

El guardia le extendió el teléfono. –Parece que tienes tu celular apagado. –Le dijo en voz baja.

<<¿Será posible?>> Sus latidos se aceleraron un poco más mientras cogía la bocina.

-Diga, -respondió.

Una voz femenina sonó al otro lado.

-¿Pavel?, por fin he terminado. ¿Podrías enseñarme la ducha un momento?

Era ella. Una sonrisa sutil asomó a sus labios.

<<El dolor del antebrazo parará mañana, –pensó.- El del abdomen… tal parece que no.>>

-Claro Aliya, -susurró.

Y una vez más la hora llegó.

martes, 2 de abril de 2013

Había acabado


Tenía que ir. Lo sabía. No había faltado en dos años, ya todo era rutina.

<<Si no voy perderé una semana entera de entrenamiento. –Pensó-. O al menos eso es lo que dijo Octavian Bellu en aquella entrevista.>>

No sabía si las leyes aplicables a la gimnasia artística servían también para el fisicoculturismo pero la idea le ayudaba a no desertar.

<<Tengo que ir, -se convenció-, necesito ir.>>

El reloj marcaba las cinco de la tarde exactas. Tomó su bolso con todo lo necesario y se lo echó al hombro derecho. Llevaba lo que haría falta: agua, guantes, un cinturón, una playera sin mangas, una chaqueta deportiva, una pantaloneta corta y, junto a esta, otra más corta aún.

<<Tiene que vérmela puesta. –Se sonrió-. Cuando me la vea no le quedará otra más que…>>

¿Hablarle? Sabía que no lo haría. Lo veía, le sonreía, se sonrojaba cuando sus miradas se cruzaban pero, ¿hablarle? De eso nada. Tendría que hacerlo él.

Caminó por la calle. Sentía las miradas de la gente sobre su cuerpo.

<<Me juzgan. –Pensó-. Si lo hacen ojalá lo hagan sin ninguna piedad.>>

No le afectaba lo que los demás pensaban. Le afectaba aún más lo que él pensaba de él. ¿Una locura? Por supuesto que sí.

El gimnasio apareció de repente. Olía a lubricante de metal, a alfombras recién aspiradas, a sudor. Olía a dolor. Nunca había sentido un aroma que lo cautivara más.

Subió las gradas hasta la recepción. Abrió la pequeña reja que dividía el mundo de los mortales del mundo de los dioses. <<O al menos el de los que van camino a ser dioses.>>

Y de repente la vio. Una pequeña chaqueta deportiva rosada colgada justo frente a él. <<Está aquí…  Adidas, -pensó-, la chica tiene buen gusto.>>

Habían pasado seis meses desde que llegó. Toda sensualidad. Un halo de belleza clásica rodeaba su dorada cabecita. Su piel, blanca como la nieve, se tornaba eróticamente rosada luego de su entrenamiento de fuerza. Y sus piernas…

<<Dios mío, esas piernas.>> Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza el tiempo justo para verla. Haciendo press de pecho. Llevaba pantaloncillos cortos, negros, y una pequeña blusa blanca a tirantes.

<<¿Es que me quiere matar?, -se dijo-. ¿Seré solo yo o con el pelo recogido se parece un poco a Sandra Izbasa?>>

Y se parecía a ella; pero también se parecía a él. Vaya si se parecía a él.

Ninguno de los dos hablaba jamás. Con nadie. Audífonos en su lugar. Trabajaban cardiovascular, fuerza e incluso aeróbicos pero, ni una palabra había salido de sus labios. O al menos él no había escuchado ninguna.

Y eso era bueno. Una chica que se enfoca en lo que hace no es común. Ella era justo lo que necesitaba. Pero entonces: ¿por qué no se lo decía?

<<¿Es que soy un cobarde?>>

Pasó a los vestidores del fondo. Ella lo veía. Sabía que lo hacía.

Se vistió como lo había planeado. Pantaloneta corta, extremadamente corta y playera sin mangas. Bajo la playera su cinturón para fuerza. Le formaba una cintura incluso más atractiva.

Y el entrenamiento empezó.

<<¿Existirá alguien más perfecta?, -se preguntó al cabo de una hora. Mientras ella trabajaba abdomen bajo.- Tengo que hablarle. Tengo que.>>

Había llegado la hora.

Se acercó a ella. Su corazón se aceleró. Su visión se nubló un poco.

No había problema, ella podía pensar que su repentino sudor se debía a la rutina que acababa de terminar.

Y allí estaba. 

Acostada con la cabeza cerca del suelo y los pies fijos en los sujetadores de la máquina la visión era casi celestial. De pie frente a ella abrió la boca. Las palabras no salieron.

<<No me ha notado.>>

Estaba concentrada en recuperarse de sus últimas repeticiones.

De pronto se dio cuenta: ella tenía auriculares. Y él también.

“Marching Season” sonaba de fondo, pero solo él podía oírlo.

Recogió un par de pesas de 20 kilos que estaban descuidadamente distraídas y se retiró. Los ojos fijos en sus zapatillas azules.

<<Solo a mí se me ocurre tratar de hablarle cuando oye música. –Se reprochó.- Solo a mí se me ocurre entrenar oyendo New Age.>>

Había acabado todo. Al menos para él.

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Su coleta rozaba el suelo.

<<Se acerca finalmente.>>

Y allí estaba. 

Se quedó de pie junto a ella un instante.

<<¿A qué esperas?, ¿a qué rayos esperas?>>

Abrió la boca… recogió un par de pesas enormes y se marchó.

<<¿Es que solo eso quería?, -se preguntó desesperada.>>

Se estaba cansando de su timidez. ¿En serio la veía? Ella se inclinaba a pensar que sí.

<<Me ve más cuando uso pantaloncillos cortos, -se dijo.>>

Y de pronto lo notó. Ella tenía los audífonos puestos.

“Sing for the Moment” y Eminem sonaban sobre sus tímpanos, pero solo ella podía oírlos.

Se sentó lo suficiente para verlo iniciar otra rutina de bíceps.

Nunca le hablaría. Habían pasado seis meses ya.

Eminem volvió a gritarle en los oídos, alto e irreverente. De pronto la ira la invadió. Arrancó las orejeras de su lugar y las tiró frente a ella con odio.

<<Tanto lucir linda para él. Tanto entrenamiento por él.>>

Se recuperó de inmediato.

Recogió lo que había lanzado. Caminó rápidamente a recepción. Encontró su chaqueta deportiva rosa justo donde la había dejado, colgando pasivamente.

<<Me largo, -se dijo-, solo a mí se me ocurre cargar todo el día los malditos auriculares puestos. –Se reprochó.- No oí lo que me dijo… Solo a mí se me ocurre entrenar oyendo música tan fuerte.>>

Abrió la pequeña reja que dividía el gimnasio de la entrada principal. Descendió hacia la calle.

El frío de la noche acarició su sonrosada piel, otrora blanca como la leche.

Había acabado todo para ella.