Llevaba veinte minutos sentado en la misma silla gris. En la misma
posición. No había tenido oportunidad de levantarse para nada.
<<Al menos nadie me hecho preguntas, -se dijo.>>
Tenía veintidós años cumplidos, pero aparentaba tener treinta.
<<Maldita vida. Maldita psiquiatra. No sé quién me manda a
hacerle caso.>>
Pero era obedecerle o arriesgarse a que se repitiera de nuevo. El solo
pensarlo lo hizo estremecerse.
El presidente de la sesión seguía hablando de experiencias del pasado y
de un juego de futbol dominical.
<<¿Es que no piensa callarse? –Cuestionó molesto.- No sé quién me
manda a hacerle caso.>>
El pecho empezó a dolerle. Allí, donde ni hacía dos meses había tenido
alojada una bala calibre nueve milímetros.
La luz de la plataforma lo cegó un instante. Una lágrima asomó a su ojo
derecho. Lo cerró de inmediato.
<<¿Qué rayos soy?, ¿una chica? Lo hizo y no puedo hacer nada. Lo
merecía. Debe quedarse atrás.>>
Pero a pesar de todo le seguía doliendo el pectoral izquierdo.
Palpitaba como un reloj descompuesto. El hombro. El cuello. El malestar no
cesaba nunca.
<<Y para empeorarlo todo me pica el maldito brazo. -Dijo
molesto.>>
Tenía vendada su extremidad menos hábil. Porque Luis, así se llamaba,
era diestro. Una pequeña mancha de sangre asomaba tímida entre los vendajes del
hombro. Del hombro contrario una venda más ancha sostenía su antebrazo a la
altura de las costillas. El puño tocaba perfectamente el bíceps derecho.
Se rascó sobre los vendajes pero su situación no cambió mucho. Solo
consiguió que el pecho le doliera más.
El presidente lo observó desde el atril por un instante.
<<¡Rayos!, me ha visto.>> Había tenido la esperanza de
pasar desapercibido.
El hombre que hablaba carraspeó un poco. Tenía la voz recia y serena.
-Parece que tenemos un nuevo miembro, -dijo. Tratando de suavizar su
tono,- ¿Te gustaría presentarte? –Preguntó.
No había nada que pudiera hacer.
<<Acabemos con esto>>, -pensó, poniéndose de pie.
Una chica dos asientos a su izquierda lo observó mientras se levantaba.
Trató de verla mejor pero una aguja se clavó en su cuello cuando lo intentó. La
había observado cuando llegó. Una rubia preciosa. Pechos generosos y cintura
fina, como la de una estatua de porcelana.
<<Apuesto a que podría rodeársela con las manos. De no tener un
brazo medio inútil, -se dijo amargado.>>
Todo el mundo lo observaba ahora. La vergüenza lo invadió. Se aclaró la
garganta.
-Emmm. –Y las palabras no salían.- Buenas noches a todos, -dijo nervioso,-
me llamo Luis y, es la primera vez que vengo.
Transcurrieron dos segundos en lo que le pareció una eternidad.
-¡Hola Luis! –Respondieron todos en la sala.
El presidente le sonrió, o al menos hizo el intento. <<Si esa es
su sonrisa no quiero imaginarme sus demás gestos. –Pensó.>>
-Sed bienvenido amigo Luis. Será un placer conocerte y conversar
contigo. –La voz del hombre resonó fuerte por las bocinas del techo,- Esa
herida de tu pecho…
<<Aquí viene.>>
-Esa herida de tu pecho, ¿es por…? –El presidente no se animó a
terminar la oración. Pero él sabía perfectamente lo que había querido decir.
-Sí. –Respondió,- Por eso mismo.
Lo recordaba como si hubiera
sido ayer.
Ricardo había sido su mejor amigo desde la infancia. Habían compartido
todo, incluso una novia cuando ambos tenían siete. Crecieron aprendiendo
juntos, uno del otro; trucos, estrategias, incluso mentiras.
Todo lo que llegaron a saber de mujeres se lo debían a las más sucias
artimañas. El placer era el bien supremo, el compromiso su repelente. Pasaron
toda la adolescencia, y parte de su vida adulta, buscando lo primero y evitando
a toda costa lo segundo.
Hasta ese día…
Se lo habían prometido hacía mucho tiempo. Ninguno se daría por
completo. A nadie. Jamás.
Pero ahí estaba Ricardo, frente a él. No se veían hacía meses. Desde
que compró su apartamento a las afueras de la ciudad. A partir de entonces
había evitado sus llamadas, no iba más a fiestas y había abandonado la vida de
donjuán. Y hoy, al verlo con esa mirada idiota, idiota y avergonzada, Luis supo
exactamente lo que estaba pasando.
-¿Cómo se llama la chica?- Preguntó directamente.
-Evangelina…- respondió, bajando la vista.
-Siempre supimos que este día llegaría, ¿no?- Al verlo supo que no
había nada que se pudiera hacer. Estaba enamorado.
Cualquier otro amigo habría preguntado por la chica, pero no Luis. Le
daba asco el romanticismo propio de los enamorados. Lo que deseaba era irse de
allí, lo más pronto posible.
-Te invitaré a la boda,- le dijo Ricardo. Pero debió notar la mueca en
la cara de Luis porque se apresuró a añadir: -Vamos, es mi boda, tienes que
estar ahí.
-Claro, claro, ahí estaré,-respondió, fingiendo una sonrisa.
De modo que las semanas pasaron, como se suponía debían pasar.
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Era una noche de miércoles. Las sábanas se le pegaban al cuerpo
desnudo. La luz titilaba amarillenta sobre la amplia cama.
Ahí estaba.
Tendido con las piernas ligeramente abiertas y la vista apuntando al
techo. Un techo color marfil.
Había pagado mucho más por esa habitación.
<<Quería que fuera especial, -se dijo.- Y ese fue mi primer error.>>
La cama crujió bajo el peso que soportaba. Una hermosa chica estaba
arrodillada frente a él. Lamiéndole el miembro erguido.
Su niña. Su querida niña. Había tal abandono en su actitud que se
notaba a leguas que no era la primera vez que lo hacía.
Las manos recorriendo cada espacio de su cuerpo. Sujetando,
acariciando, retorciendo. Y de pronto sus labios lo envolvieron por completo.
Su lengua lo presionó sin piedad en una interminable faena de placer.
Luis arqueó la espalda. Una descarga eléctrica recorrió su espina dorsal.
<<No lo soporto más. –Se dijo.>> Mientras se sentaba y levantaba
el rostro de su pareja.
La tomó por los hombros y se abalanzó sobre ella, penetrándola. Sus
ojos se cerraron. Los de ambos. Rodaron como enemigos. En una línea continua.
Sincronizada entre brazos, piernas, jadeos, besos y suspiros. Hasta que el
universo mismo explotó. O al menos así lo creyó él.
Descansaron entre tibias almohadas. Exhaustos. Cuando, de repente, alguien
tocó a la puerta de la habitación.
-¿Pediste algo?, -inquirió la chica.
-No, nada. –Dijo Luis levantándose y buscando algo para cubrirse.
Se acercó a la puerta en silencio estirando los músculos de la espalda
y preguntó:
-¿Quién es?
Pero no hubo ninguna respuesta. Se volvió extrañado a Evangelina, que
lo miraba con ojos muy abiertos.
<<Ojos de miel.>>
Puso la mano en el pomo de la puerta y, antes de abrir, dudó un poco.
Debió haber dudado mucho más.
Las bisagras se expandieron abriendo la puerta. El aire golpeó su rostro
y lo hizo cerrar un poco los ojos abriéndolos a tiempo para ver la silueta
atlética de Ricardo, parado frente a él con el rostro indignado.
-¡Ricardo!, -gritó Luis-, puedo explicarlo, puedo expli…
Una detonación sacudió la habitación. Eva gritó mientras Luis caía en
un remolino de dolor.
-Espera, por favor, -se oyó decir con esfuerzos mientras Ricardo
entraba en la habitación con un arma en la mano-, no le hagas daño.
Tres explosiones más bastaron para responder a su petición.
En esas mismas sábanas, otrora ardientes, yacía un cuerpo muerto con
los ojos medio abiertos.
Una amistad, una vida ajena, litros de sangre y su propia existencia…
<<Todo echado a perder.>>
Pero no había nada que pudiera hacer. <<Al menos no para resolver
el pasado. –Dijo suspirando.>>
Y ahora estaba en esa sala llena de gente como él.
El presidente de la sesión le sonrió, o al menos hizo el intento.
-Sed bienvenido amigo Luis. Será un placer conocerte y conversar
contigo. –La voz del hombre resonó fuerte por las bocinas del techo,- Esa
herida de tu pecho…
<<Aquí viene.>>
-Esa herida de tu pecho, ¿es por…? –El hombre no se animó a terminar la
oración. Pero él sabía perfectamente lo que había querido decir.
-Sí. –Respondió,- Por eso mismo.
Se aclaró la garganta por segunda vez.
-Mi nombre es Luis Peña, tengo 22 años y… soy un adicto al sexo.
Relato basado en sucesos reales.
Se han cambiado los nombres.