Basado en hechos reales
Se han cambiado algunos nombres
La camioneta pasó sobre un enorme bache haciéndola perder momentáneamente el equilibrio.
<<Maldito gobierno —se dijo a sí misma—. Convirtieron una autopista de pago en una de acceso libre y desde entonces está instransitable.>>
Amy —así se llamaba— iba camino al hotel de su familia en el Puerto de San José, en teoría a hora y media de distancia.
<<Si es que llegamos algún día —maldijo entre dientes.>> El tráfico de miércoles era insoportable. Pero no menos que el del resto de días de la semana.
Aburrida, recostó su rostro contra el vidrio mientras observaba el teléfono en pantalla de bloqueo que descansaba moribundo sobre su pierna.
Melancolía. Sí. Eso era. La abrazaba con fuerza, como la procrastinación abrazaba a su hermana menor, sentada a su lado, día tras día desde que tenía cinco años.
<<La última vez que la vi entusiasmarse por algo.>>
Volteó a verla un momento, solo para contemplar su rostro de aburrimiento, <<y de hecho el único que parece tener.>> Rostro iluminado por los reels que pasaba uno después de otro.
De pronto otra fuente de luz llamó su atención, mientras la vibración de su teléfono la sobresaltó más de lo esperado.
Observó la pantalla y un mini—infarto la hizo ahogar un grito: era Jose.
No se veían desde hace varios días. Desde que se dio cuenta en definitiva que le gustaba.
Pensó si contestar, sintiendo los ojos de todos en el vehículo sobre ella. Al final, mortificada de la pena, tuvo que decidirse:
—¿Aló?
—¿Aló? ¿Amy? Hola… ¿qué tal? —Su voz temblaba nerviosa del otro lado.
—Bien, camino al Puerto. ¿Y tú? —Intentó darle más seguridad a su voz. <<Mas seguridad que la de él, al menos.>>
—Em, igual. Camino al puerto.
<<¿Será posible? —se preguntó extrañada—. La simple posibilidad de volver a verlo antes de lo esperado la hizo arquear la espalda de la emoción>>
—¿Sí? —Intentó no delatar su expectación, pero su voz se afinó dos quintos hacia arriba—. ¿Y eso? ¿A qué vas?
—Emmm… —Dudó un poco antes de añadir—: Conseguí dos entradas para el concierto de Carlos Vives… —Pausó por un momento.
<<¿Y? ¿Planeabas invitarme? —una sonrisa tonta asomó a sus labios, delatándola por completo>>
—¿Ajá? ¿Y? —Lo iba a obligar a decirlo.
—…¿Quieres venir conmigo?
La invitación, inesperada pero deseada, le dio calor a su pecho unos instantes.
¿Un concierto a su lado? ¡Lo había soñado tanto! ¿Los dos abrazados al ritmo de la música? Era un sueño. El artista era lo de menos. Podía tratarse de Sepultura, o de la Vela Puerca (bandas que ni siquiera conocía); no importaba, siempre y cuando fuera con él.
Pero el calor desapareció tan rápido como había llegado. Los ojos de su mamá se reflejaban en el retrovisor fijos en ella. Inquisitivos. Curiosos. ¿Amenazantes? Y allí supo exactamente lo que, como buena niña católica, debía contestar.
—Emmmm. Me gustaría. Créeme. Pero, no creo que me den permiso.
La voz de su mamá sonó fuerte como un trueno:
—¡¿Con quién hablas Amy?! A ver: pon el altavoz.
Si diecisiete años de vivir con ella le habían enseñado algo, era a obedecerla lo antes posible cuando le hablaba en ese tono.
La voz de Jose sonó distante como un eco:
—¿No te dejarían ir… conmigo? —Preguntó, casi decepcionado.
—No. No me darían permiso. Lo siento Jose. —Ella también sonó decepcionada.— Pero… puedes intentar ir con alguien más. —Se apresuró a añadir, tratando de sonar contenta con la idea de que pudiera irse con otra.
<<¿Su exnovia tal vez? Maldita zorra.>>
—Es que... si no es contigo, no voy.
Amy apretó sus puños. Quiso morir. Tantos sentimientos la embargaron. La frase le llegó a lo más recóndito y entonces, recordó.
Se conocieron trabajando juntos en el festival cultural de la escuela. Y no, no era precisamente su tipo, como no se cansaba de recordarle su mejor amigo.
Sin embargo, ¡era tan lindo con ella!, incluso travieso en ocasiones, pero cohibido la mayor parte del tiempo.
Y fue así como se fue dando todo. No en una explosión de emociones desbordantes, como un quásar eruptando polvo estelar, sino lenta y casi imperceptiblemente: de los mensajes esporádicos a las horas interminables de conversaciones sobre mil y una tonterías. Se divertían tanto juntos y, sin embargo el recuerdo de su última novia aún pesaba sobre ella como el mismísimo firmamento en una noche sin luna.
<<Al menos sé que de hambre no me voy a morir —bromeaba con sus amigos, después de un par de cocteles>>
El impacto de saber que era con ELLA con quien ÉL quería estar seguía ahí. Y sin embargo la llamada terminó como había empezado. Lo amaba, lo sabía. Pero de poco le iba a servir si no podía estar con él.
Un adiós melancólico puso fin a la comunicación para dar paso al calor infernal del Puerto de San José. El golpe de aire caliente al bajar del auto fue justo lo que necesitaba para terminar de arruinarse el día y, para colmo, recordar —muy a su pesar— a su profesor de física diciéndole, como disco rayado, que recordara que el calor solo existe cuando hay un cambio de temperatura.
<<Mr. Víctor estaría orgulloso de mí. Recordé algo de su aburridísima clase. Y no es que me haya servido de mucho, la verdad. —No estaba de ánimo para la ciencia.>>
Entró al frío de su habitación y feliz de que el clima por fin estuviera a juego con la tristeza y —¿desesperación?— que sentía, se acostó entre sábanas blancas pensando en lo que pudo ser, y que aparentemente no sería.
Nervioso como nunca había estado antes observó una vez más la pantalla de su celular y su nombre quedó grabado en su retina.
No se veían desde hace varios días. Desde que se dio cuenta, en definitiva, de que ella le gustaba.
Pensó unos segundos si llamarla o no, mientras sentía de fondo el apoyo de sus padres, quienes iban con él en el mismo vehículo.
Hijo de militar, siempre había intentado ser honesto con ellos. <<Hasta en las familias hay rangos que respetar —creía firmemente.>>
Y al final, fue ese apoyo moral y —¿presión autoimpuesta?— lo que lo llevó a hacer la llamada:
—¿Aló? —Respondió ella. Siempre sonaba tan linda cuando hablaba, como un violonchelo ligeramente mal afinado: tierna pero profesional.
—¿Aló? ¿Amy? Hola… ¿qué tal? —Su voz tembló nerviosa. <<Espero que no lo haya notado.>>
—Bien, camino al Puerto. ¿Y tú? —Sonó casual. ¿No se alegraba acaso de oirlo?
—Em, igual. Camino al puerto. —Esta última frase lo decidiría todo. Lo sabía.
—¿Sí? —Su voz sonó un poco más dulce que antes. <<¿Podría ser? —se preguntó>> ¿Y eso? ¿A qué vas?
—Emmm… —Titubeó pero añadió rápidamente—: Conseguí dos entradas para el concierto de Carlos Vives… —Pausó por un momento y dudó. ¿Querría acaso ir con él?
<<Es ahora o nunca>>
—¿Ajá? ¿Y? —La expectación era palpable.
—…¿Quieres venir conmigo? —Lo dijo tal como lo pensó, sin importarle nada más que sacárselo del pecho. <<¿Es que no se da cuenta del poder que ejerce sobre mí? —se lamentó para sí mismo.>>
La pausa pareció infinita. Podía escuchar a su corazón latir como redoblante en banda de guerra.
—Emmmm... —Aquí viene.— Me gustaría. Créeme. Pero, no creo que me den permiso.
La voz de su mamá sonó fuerte del otro lado, como un motor de avión DH6:
—¡¿Con quién hablas Amy?! A ver: pon el altavoz.
¡Su mamá estaba con ella! <<¡Fui un estúpido al asumir que estaría sola! —Había arruinado el momento, lo sabía. Y peor aún: ¿qué pasa si pide hablar conmigo para preguntarme qué intenciones tengo con su hija?>> El terror más absoluto lo invadió.
Sacando fuerzas de flaqueza alcanzó a decir, casi en un suspiro:
—¿No te dejarían ir… conmigo?
De nuevo, los segundos del reloj se escurrieron dolorosamente.
—No. No me darían permiso. Lo siento Jose. —Ella también sonaba decepcionada—. Pero… puedes intentar ir con alguien más. —Lo dijo, y sonó sincera.
<<¿Es que no te das cuenta que a quien quiero es a ti? —lo pensó con ira y con convicción.>>
Y tal vez por eso tuvo la fuerza para agregar:
—Es que... si no es contigo, no voy.
Lo dijo tan pronto lo pensó. Ahí estaba, no había marcha atrás. Más obvio no podía ser. La amaba. La había amado desde la primera vez que la vió: una flama danzante de cabello anaranjado. Fuerte, poderosa, independiente. Fue su jefa en el festival cultural de la escuela, ¡y vaya jefa! Regañaba, gritaba, amenazaba, animaba y daba consuelo y consejo.
<<Es absolutamente maravillosa. Exactamente el tipo de mujer para mí.>>
Estaba perdido, lo sabía.
Recordaba las palabras de su asesor en el festival cultural como si hubiera sido ayer:
—Nunca le diga a una niña directamente que le gusta Jose. Eso es darle demasiado poder. Y lo lamentará, vaya si lo lamentará.
<<Mr. Víctor estaría avergonzado de mí si me viera ahora. Aunque… ¿qué sabrá él de amar a alguien como yo la amo a ella?>>
Amy quedó un minuto en silencio después de su última frase. Y sin embargo la llamada terminó como había empezado. La amaba, lo sabía. Pero de poco le iba a servir si no podía estar con ella.
En la escuela había ojos por todos lados, y los malditos maestros sancionaban hasta la más mínima “manifestación de noviazgo”.
<<Ridículos. ¿Es que no fueron jóvenes alguna vez?>>
Un adiós melancólico puso fin a la comunicación para dar paso al calor infernal del Puerto de San José.
<<El puerto del santo que lleva mi nombre.>>
Entró al frío de su habitación y con una angustia infinita, se acostó un momento donde, quedándose dormido, soñó con ella y con aquello que pudo ser y no sería.
¿O sí?