sábado, 29 de noviembre de 2025

Cuando Nadie Está Mirando

El celular vibró haciéndolo centrar su atención en el bolsillo del pantalón. Alguien lo llamaba.

¿Quién será ahora? —se dijo a sí mismo, mientras cerraba la mano alrededor del teléfono, lo suficiente como para silenciar la llamada.

Se encontraba en un Panel del Colegio. Uno de esos encuentros gremiales que, en teoría, sonaban perfectos, pero que en la práctica agrupaban miles de intereses egoístas.

Estaba ahí por insistencia de una amiga —lo cual, comparado con su último intento de invitación, era una bocanada de aire fresco— murmuró en voz baja. Parada frente a él, era un metro cincuenta y cinco de pura curiosidad; no conocía a nadie, no ubicaba a nadie, sin embargo su alegría y expectativa eran contagiosas.
—No cabe duda que la ignorancia es la felicidad —dijo casi sin pensar.

Su celular volvió a vibrar. Esta vez decidió contestar. Era María, su ahijada de graduación.
¿De nuevo? ¿Cuántas dudas puede tener alguien en un solo día? —maldijo para sus adentros. Exasperado, contestó:

—Perdóname, Joselyn… tomaré esta llamada. ¿Aló?
—¿Aló? ¿Víctor? Perdona que te moleste tanto… ¿cuánto puedo cobrar por una compraventa de inmueble de un millón de quetzales? —su voz sonaba expectante del otro lado.
—Mmmm… ¿es primera o segunda compraventa? ¿Con qué valor está registrada en la Muni o en el DICABI?
—Em, no sé… ¿cómo puedo averiguar eso?
—Pedile al vendedor número de finca, folio y libro. Si tiene copia del primer testimonio, mejor. Un recibo de IUSI tampoco sería mala idea. Te mandaré un correo del Ministerio de Finanzas Públicas para que corrobores.
—Emmm… —balbuceó mientras anotaba—. Anotado. Y… ¿sobre mis honorarios?
—No aceptés menos de tres mil quinientos. Si te consigue lo que te dije ya podemos calcular pago registral e impuestos.
—¡Gracias, Vic! ¡Siempre te estoy molestando! —y colgó.

Sus llamadas nunca eran realmente una molestia. Le daba gusto ayudarla… aunque dos llamadas al día eran su límite antes de que empezaran a sentirse como un ¿inconveniente? Y aun así, le agradaba poder corresponder a su amistad.

Decidido a volver a su conversación con Joselyn, levantó la vista… y entonces lo vio:

Por sus mejillas corrían dos senderos brillantes. Lágrimas perfectas. Frías. Como pequeñas esferas de plata dejando un rastro cegador sobre su piel. Estaba llorando. En silencio. Fingiendo que todo estaba bien.

Y él sabía perfectamente por qué.

Lo que me sorprende es lo fuerte que ha sido hasta ahora —pensó—. Fingiendo que no pasa nada. Para ser tan pequeña… es increíblemente poderosa.

Así que inhaló despacio y entendió —por primera vez esa tarde— que aquello que había juzgado como simple ingenuidad no era más que un mecanismo de defensa. Un escudo precioso sosteniendo a una niña que estaba rompiéndose por dentro.

Se acercó.
No dijo nada.
No necesitaba decirlo.

Y reconociendo la devastación escondida detrás de esa sonrisa tensa… se resolvió a sentarse a conversar con ella. Allí. Con calma. Con paciencia. Una vez más.

Porque —lo supo sin admitirlo en voz alta—
hay momentos que solo existen cuando nadie está mirando…

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