Por fin te veo, pensó para sí.
Después de once años la tenía nuevamente frente a él. Un metro cincuenta y nueve de belleza clásica, cabello castaño y olor a vainilla.
Sus ojos, enormes y expresivos, se anclaron en los suyos y parecieron no parpadear. ¿Siempre fueron así de expresivos?, se preguntó. ¿Así de brillantes? No tenía ni idea. La última vez que la vio, esos mismos ojos lloraban a cántaros mientras los suyos luchaban con todas sus fuerzas por no hacer lo propio.
Que ella se quebrara siempre me mató, pareció recordar.
La sorpresa inicial se disipó y lentamente se acercó a él, con decisión, como miles de veces ya. Deslizó sus brazos bajo los suyos, ascendentemente, hasta entrelazar los dedos sobre su ancha espalda mientras recostaba su cabeza de lado en el centro de su pecho. Un sentimiento de calor y familiaridad lo recorrió de pies a cabeza causándole un potente escalofrío.
Y mientras ella lo atraía hacia su cuerpo con todas sus fuerzas, algo se activó dentro de él. Fue automático, sin pensar. La observó desde arriba con ternura y, respirándola por completo, se encorvó un poco y la besó.
Y lloró. Si a una lágrima furtiva se le puede llamar así.
¿Que once años acababan de pasar? No. Solo pausaron algo que jamás podría terminar.