Tenía que escribir algo. Lo
sabía. Lo había prometido. Pero entonces, ¿qué rayos hacía en ese lugar?
Las luces no lo dejaban
concentrarse y la música a todo volumen menos. Martin Garrix sonaba en ese
momento en la pista de baile, un nivel más abajo, haciendo que todos soltaran
al unísono un: “ohhhhh” de aprobación.
-Si sigo aquí no podré terminar a
tiempo.- Se convenció. Así que, en contra de sus instintos danzantes se
resolvió a irse tan pronto terminara el vodka que estaba tomando.
Ricardo, así se llamaba, era todo
un intelectual. O al menos de esa manera lo veían los demás. Alto, de
complexión fuerte y con un cabello cuidadosamente descuidado tenía esa
apariencia que hacía que, a cualquier lugar al que fuera, la gente pensara que
era un experto en lo que hacía y decía. Por ejemplo, cuando iba a una galería
de arte o a una exhibición fotográfica criticaba con soltura, tacto y humor, lo
que hacía que incluso los mismos artistas creyeran que estaban hablando con una
reencarnación de Picasso, o con un segundo Miguel Ángel. Y lo mismo puede
decirse de todos los eventos a los que asistía. Sin importar lo que hiciera:
cantar, bailar, discursar o debatir, parecía que Ricardo lo sabía todo y que
había nacido para esa precisa actividad.
Era entonces de suponer que no le
fuera nada mal con las mujeres
De hecho, hasta la noche que
narramos en este instante, Ricardo había tenido más de 300 relaciones amorosas
de poco más de un mes de duración cada una. Y cientos de, como dicen los
estadounidenses: “one night stand” sin que pesaran de forma alguna en su
conciencia.
-“He dejado atrás la culpa.”- Se
jactó una vez al enviar un tuit al universo cibernético.
Según él, no servía para largas
relaciones, por lo que evitaba hacer promesas que luego tendría que romper,
tales como: “siempre estaré contigo” o el típico “nunca te dejaré”. Sin
embargo, a pesar de afirmar que vivía sin culpa y sin remordimientos, esta no
era más que una mentira, una de tantas que envolvían su ser, como un amante a
su pareja antes del último amanecer.
Sí, ninguna relación pesaba sobre
su mente individualmente, pero sí que pesaban colectivamente. Saber que había
causado tanto daño hacía que muchas veces se deprimiera y que,
inconscientemente, buscara lugares ruidosos, con mucha gente, donde no pudiera
ensimismarse en sus sentimientos.
Tenemos, pues, a alguien que es
capaz de ver el daño que causa en los demás, pero no los rostros que se
acongojan. Lo irónico es que Ricardo, aunque veía claramente el problema, tan
claro como el primer haz de luz que se cuela en una habitación oscura, no podía
hacer nada para cambiarlo. Al menos no sin ayuda.
Todas esas noches cuando sin
saberlo trataba de evadirse de la realidad, terminaba muchas veces seduciendo a
alguna otra chica de la que al cabo de una noche, o si mucho de unas semanas,
terminaría hartándose hasta la desesperación. Era pues un eterno circulo
vicioso.
Esta noche en particular, a pesar
de tener ganas de entablar pláticas, decidió irse a casa. Se despidió del
bar-tender, no sin antes dejarle una propina, para luego bajar las gradas que
lo dejarían frente a frente con el frío de la noche. Y fue en ese preciso
instante que las palabras de su ex novia, y también mejor amiga, resonaron en
su cabeza:
-“No eres más que un charlatán
Ricardo. Si, tú sabes… como el pajarillo. Comes de todo un poco. No te decides
por nada. Así es. Sabes de todo un poco, pero al final cariño, no eres, ni
serás, especialista en absolutamente nada”.
Y, sin saber por qué, porque
Veira no había querido insultarlo con sus palabras, estas seguían taladrándole
los oídos como un molesto abejorro endemoniado. Nunca paraban. Solo cuando
leía, cuando hacía el amor y cuando bailaba.
-“[…] en absolutamente nada”.
-“[…] absolutamente nada”.
-“[…] nada”.
Caminó hacia su auto, cabizbajo,
con las manos en los bolsillos y con el sonido de la música sonando a lo lejos.
-¿Pero qué rayos hago en este
lugar?- Se preguntó con desesperación. -Tengo que escribir algo.- Se repitió.-
Lo sé. Lo he prometido.
Y de pronto, al tiempo en que los
faros de un auto lo encandilaban para luego perderse en la oscuridad, Ricardo
experimentó la más grande soledad que hubiera sentido jamás y, como aquel que
se sabe culpable de sus castigos, se limitó a levantar brevemente la vista hacia
su pequeño carro, unos metros más adelante. Nadie lo esperaba en casa. Nadie se
alegraría de verlo al llegar. Nadie notaría si, de pronto, desapareciera de
este mundo. Al menos no por algunos días. Así que, sintiéndose destrozado, pero
orgulloso de acarrear en silencio su dolor, se subió al vehículo, lo encendió y
se marchó.
Y fue esa noche, en el camino de
vuelta, cuando la escuchó por primera vez. La primera y la última. Una voz
sepulcral, fría y monótona que, como quien cuenta un secreto, le susurró desde
el asiento trasero: -Tenía razón Ricardo. No eres absolutamente nada.
Una aguda risa envolvió el
ambiente mientras la luz de los faros era lentamente engullida por la penumbra
y el auto, Ricardo y Jacky se perdían para siempre jamás…
Excelente relato mi Vic! una clara muestra de que no se puede ser tan pretencioso sin saber lo que se quiere realmente.
ResponderEliminarGracias Sofi. Me alegro que te gustara.
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