lunes, 14 de octubre de 2013

Mi nombre es Luis, y soy... (+18)

Llevaba veinte minutos sentado en la misma silla gris. En la misma posición. No había tenido oportunidad de levantarse para nada.

<<Al menos nadie me hecho preguntas, -se dijo.>>

Tenía veintidós años cumplidos, pero aparentaba tener treinta.

<<Maldita vida. Maldita psiquiatra. No sé quién me manda a hacerle caso.>>

Pero era obedecerle o arriesgarse a que se repitiera de nuevo. El solo pensarlo lo hizo estremecerse. 

El presidente de la sesión seguía hablando de experiencias del pasado y de un juego de futbol dominical.

<<¿Es que no piensa callarse? –Cuestionó molesto.- No sé quién me manda a hacerle caso.>>

El pecho empezó a dolerle. Allí, donde ni hacía dos meses había tenido alojada una bala calibre nueve milímetros.

La luz de la plataforma lo cegó un instante. Una lágrima asomó a su ojo derecho. Lo cerró de inmediato.

<<¿Qué rayos soy?, ¿una chica? Lo hizo y no puedo hacer nada. Lo merecía. Debe quedarse atrás.>>

Pero a pesar de todo le seguía doliendo el pectoral izquierdo. Palpitaba como un reloj descompuesto. El hombro. El cuello. El malestar no cesaba nunca.

<<Y para empeorarlo todo me pica el maldito brazo. -Dijo molesto.>>

Tenía vendada su extremidad menos hábil. Porque Luis, así se llamaba, era diestro. Una pequeña mancha de sangre asomaba tímida entre los vendajes del hombro. Del hombro contrario una venda más ancha sostenía su antebrazo a la altura de las costillas. El puño tocaba perfectamente el bíceps derecho.

Se rascó sobre los vendajes pero su situación no cambió mucho. Solo consiguió que el pecho le doliera más.

El presidente lo observó desde el atril por un instante.

<<¡Rayos!, me ha visto.>> Había tenido la esperanza de pasar desapercibido.

El hombre que hablaba carraspeó un poco. Tenía la voz recia y serena.

-Parece que tenemos un nuevo miembro, -dijo. Tratando de suavizar su tono,- ¿Te gustaría presentarte? –Preguntó.

No había nada que pudiera hacer.

<<Acabemos con esto>>, -pensó, poniéndose de pie.

Una chica dos asientos a su izquierda lo observó mientras se levantaba. Trató de verla mejor pero una aguja se clavó en su cuello cuando lo intentó. La había observado cuando llegó. Una rubia preciosa. Pechos generosos y cintura fina, como la de una estatua de porcelana.

<<Apuesto a que podría rodeársela con las manos. De no tener un brazo medio inútil, -se dijo amargado.>>

Todo el mundo lo observaba ahora. La vergüenza lo invadió. Se aclaró la garganta.

-Emmm. –Y las palabras no salían.- Buenas noches a todos, -dijo nervioso,- me llamo Luis y, es la primera vez que vengo.

Transcurrieron dos segundos en lo que le pareció una eternidad.

-¡Hola Luis! –Respondieron todos en la sala.

El presidente le sonrió, o al menos hizo el intento. <<Si esa es su sonrisa no quiero imaginarme sus demás gestos. –Pensó.>>

-Sed bienvenido amigo Luis. Será un placer conocerte y conversar contigo. –La voz del hombre resonó fuerte por las bocinas del techo,- Esa herida de tu pecho…

<<Aquí viene.>>

-Esa herida de tu pecho, ¿es por…? –El presidente no se animó a terminar la oración. Pero él sabía perfectamente lo que había querido decir.

-Sí. –Respondió,- Por eso mismo.


 Lo recordaba como si hubiera sido ayer.


Ricardo había sido su mejor amigo desde la infancia. Habían compartido todo, incluso una novia cuando ambos tenían siete. Crecieron aprendiendo juntos, uno del otro; trucos, estrategias, incluso mentiras.

Todo lo que llegaron a saber de mujeres se lo debían a las más sucias artimañas. El placer era el bien supremo, el compromiso su repelente. Pasaron toda la adolescencia, y parte de su vida adulta, buscando lo primero y evitando a toda costa lo segundo.

Hasta ese día…

Se lo habían prometido hacía mucho tiempo. Ninguno se daría por completo. A nadie. Jamás.

Pero ahí estaba Ricardo, frente a él. No se veían hacía meses. Desde que compró su apartamento a las afueras de la ciudad. A partir de entonces había evitado sus llamadas, no iba más a fiestas y había abandonado la vida de donjuán. Y hoy, al verlo con esa mirada idiota, idiota y avergonzada, Luis supo exactamente lo que estaba pasando.

-¿Cómo se llama la chica?- Preguntó directamente.

-Evangelina…- respondió, bajando la vista.

-Siempre supimos que este día llegaría, ¿no?- Al verlo supo que no había nada que se pudiera hacer. Estaba enamorado.

Cualquier otro amigo habría preguntado por la chica, pero no Luis. Le daba asco el romanticismo propio de los enamorados. Lo que deseaba era irse de allí, lo más pronto posible.

-Te invitaré a la boda,- le dijo Ricardo. Pero debió notar la mueca en la cara de Luis porque se apresuró a añadir: -Vamos, es mi boda, tienes que estar ahí.

-Claro, claro, ahí estaré,-respondió, fingiendo una sonrisa.


De modo que las semanas pasaron, como se suponía debían pasar.

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Era una noche de miércoles. Las sábanas se le pegaban al cuerpo desnudo. La luz titilaba amarillenta sobre la amplia cama.

Ahí estaba.

Tendido con las piernas ligeramente abiertas y la vista apuntando al techo.  Un techo color marfil.
Había pagado mucho más por esa habitación.

<<Quería que fuera especial, -se dijo.- Y ese fue mi primer error.>>

La cama crujió bajo el peso que soportaba. Una hermosa chica estaba arrodillada frente a él. Lamiéndole el miembro erguido.

Su niña. Su querida niña. Había tal abandono en su actitud que se notaba a leguas que no era la primera vez que lo hacía.

Las manos recorriendo cada espacio de su cuerpo. Sujetando, acariciando, retorciendo. Y de pronto sus labios lo envolvieron por completo. Su lengua lo presionó sin piedad en una interminable faena de placer.

Luis arqueó la espalda. Una descarga eléctrica recorrió su espina dorsal.

<<No lo soporto más. –Se dijo.>> Mientras se sentaba y levantaba el rostro de su pareja.

La tomó por los hombros y se abalanzó sobre ella, penetrándola. Sus ojos se cerraron. Los de ambos. Rodaron como enemigos. En una línea continua. Sincronizada entre brazos, piernas, jadeos, besos y suspiros. Hasta que el universo mismo explotó. O al menos así lo creyó él.

Descansaron entre tibias almohadas. Exhaustos. Cuando, de repente, alguien tocó a la puerta de la habitación.

-¿Pediste algo?, -inquirió la chica.

-No, nada. –Dijo Luis levantándose y buscando algo para cubrirse.

Se acercó a la puerta en silencio estirando los músculos de la espalda y preguntó:

-¿Quién es?

Pero no hubo ninguna respuesta. Se volvió extrañado a Evangelina, que lo miraba con ojos muy abiertos.

<<Ojos de miel.>>

Puso la mano en el pomo de la puerta y, antes de abrir, dudó un poco.

Debió haber dudado mucho más.

Las bisagras se expandieron abriendo la puerta. El aire golpeó su rostro y lo hizo cerrar un poco los ojos abriéndolos a tiempo para ver la silueta atlética de Ricardo, parado frente a él con el rostro indignado.

-¡Ricardo!, -gritó Luis-, puedo explicarlo, puedo expli…

Una detonación sacudió la habitación. Eva gritó mientras Luis caía en un remolino de dolor.

-Espera, por favor, -se oyó decir con esfuerzos mientras Ricardo entraba en la habitación con un arma en la mano-, no le hagas daño.

Tres explosiones más bastaron para responder a su petición.

En esas mismas sábanas, otrora ardientes, yacía un cuerpo muerto con los ojos medio abiertos.


Una amistad, una vida ajena, litros de sangre y su propia existencia… <<Todo echado a perder.>>


Pero no había nada que pudiera hacer. <<Al menos no para resolver el pasado. –Dijo suspirando.>>
Y ahora estaba en esa sala llena de gente como él.

El presidente de la sesión le sonrió, o al menos hizo el intento.

-Sed bienvenido amigo Luis. Será un placer conocerte y conversar contigo. –La voz del hombre resonó fuerte por las bocinas del techo,- Esa herida de tu pecho…

<<Aquí viene.>>

-Esa herida de tu pecho, ¿es por…? –El hombre no se animó a terminar la oración. Pero él sabía perfectamente lo que había querido decir.

-Sí. –Respondió,- Por eso mismo.

Se aclaró la garganta por segunda vez.


-Mi nombre es Luis Peña, tengo 22 años y… soy un adicto al sexo.




Relato basado en sucesos reales.
Se han cambiado los nombres.


domingo, 13 de octubre de 2013

El cuento de Fe

Al norte de un país, entre montañas nubladas, habitaban tres monstruos idénticos. Uno se llamaba Fa, el otro Fe, y el último Fu. Los tres eran terriblemente fuertes y competían uno con el otro en velocidad, astucia e inteligencia. Un día Fa dijo a los otros dos: “Este lugar dejó de ser divertido, vámonos, cada uno en una dirección y hagamos una nueva vida. Dentro de diez años encontrémonos de vuelta y veamos quién es mejor que los demás.” Fe y Fu estuvieron de acuerdo, de modo que salieron brincando en direcciones diferentes.

Esta es la historia de Fe, y de cómo quedó solo en el mundo.

Fa llegó a una aldea de pescadores. Estaba impresionado con los colores y aromas nuevos. Cuando intentó acercarse a saludar a uno de los habitantes del poblado este murió por la impresión de ver una criatura tan espantosa y terrible. ¡Fa estaba aún más emocionado! Era el ser más poderoso del lugar, los humanos no tenían oportunidad contra él. De modo que habitó en una cueva al norte de la aldea desde donde bajaba  ocasionalmente a la ciudad para comer y desgarrar la carne fresca de quién quiera que se le atravesara. 

Había hallado su felicidad.

Fu encontró una caravana de artistas que se dedicaban a entretener a reyes y príncipes. Estaba impresionado con sus luces y con su música. De modo que se unió a ellos e interpretaba el papel de bestia feroz, que se le daba muy bien, recibiendo aplausos en cada castillo que visitaban. Había hallado su felicidad.

En cuanto a Fe, este encontró una gran ciudad y le pareció increíble la cantidad de personas que viajaban, iban y venían, sin rumbo, pensando en sí mismas, perfeccionando su narcisismo. Intentó asustar a algunos, pero, nadie le puso atención. Mató a varios y los dejó desangrándose en el pavimento pero, nadie le puso atención. Fe estaba aburrido.

Un día, Fe estaba en lo alto de un edificio y, al ver hacia abajo vio a un hombre alto y de semblante serio. Al paso de este hombre todos se asombraban, a una palabra suya morían miles, no solo dos o tres. Fe estaba encantado con este hombre. Así que una noche entró en su habitación y le dijo: “Si quieres puedo hacerte más fuerte, solo tienes que pedirlo.” El hombre era codicioso, así que accedió.

Fe entró por su boca y se alojó en sus entrañas llenando todo su interior. Ya adentro, Fe conoció a la conciencia de este hombre; era minúscula, oscura e indiferente. De modo que la aplastó lentamente y la conciencia gritó de dolor, suplicando piedad. La conciencia le dijo a Fe todo lo que sabía del hombre y sus actos a cambio de sobrevivir, así que Fe escuchó con atención. 

Ahora Fe no estaba aburrido, había hallado a un monstruo mayor que él en astucia y crueldad.

Fe admiraba al hombre en el que vivía, lo admiraba tanto que un día, estirado en su interior, se preguntó qué pasaría si probaba su cerebro. Tomó un bocado y el hombre gritó. A Fe le encantó ese sabor negro y viscoso de modo que siguió comiendo. Y siguió y siguió, hasta que el hombre murió. Ahora Fe era ese hombre y podía hacer lo que quisiera, era listo y mejor aún, doblemente despiadado. Fe empezó a matar uno por uno a los habitantes de aquella gran ciudad. Millones murieron.

Al darse cuenta, la gente de ciudades y países vecinos acudieron a pelear en su contra. Sin embargo él se dio cuenta de que los grandes señores, que decían desaprobar la guerra y la muerte, en realidad veían en ella un gran negocio y sintió asco, de modo que los devoró también, volviéndose incluso más fuerte que al inicio.

Fe creció, se hizo más listo y sanguinario y, diez años después regresó al norte de su país de origen. Fa y Fu ya estaban allí. Al instante de verlos se dio cuenta de que, ya no eran iguales. Él era mejor, y ellos, conformistas. Demasiado estúpidos. De modo que los devoró también creciendo de tamaño considerablemente.


Pronto, el mundo no era suficiente para Fe. Pero él era astuto, de modo que, con su poder, creó a un par de niños y los colocó en un rincón de su patio trasero. Los niños crecieron y tuvieron más niños y estos a su vez más niños. Fe ya no estaba aburrido, tenía juguetes con los cuales jugar, carne fresca que destazar y sangre caliente para beber.  

No, no estaba aburrido, eso sí, estaba completamente solo.