miércoles, 3 de abril de 2013

La hora llegó

La hora llegó.

Tenía el cuadro de suelo al frente. El sudor le escocía los ojos. Se limpió con la mano empuñada pero solo consiguió que le dolieran más. No quedaba ninguno de sus compañeros en el gimnasio, se habían marchado todos hacía ya varios minutos.

<<Y aquí estoy yo, -pensó-, por ella, solo por ella.>>

Colocó las palmas junto a sus piernas, movió la derecha ligeramente hacia adelante y la izquierda un poco hacia atrás. Tomó impulso y sus pies se empezaron a desplazar. Corrió lo más rápido que pudo. Sentía el viento sobre su rostro, tan fresco, tan libre, tan frío. Los siguientes movimientos lo cegaron. Todo sucedió por inercia.

Pierna derecha unos centímetros por delante de su compañera. Las palmas al piso. Ambas dirigidas solo un poco hacia la izquierda. Lo suficiente para ayudarle a completar la rondonada. El suelo pasó frente a sus ojos a una velocidad vertiginosa. Sus piernas surcaban el espacio; y de pronto las puntas de sus pies tocaron la superficie de nuevo. Sabía lo que se avecinaba.

<<El primer flic-flac.>>

Arqueó la espalda de vuelta al piso. La parte baja del abdomen le dio una punzada. Sus manos tocaron la lona y todo se repitió una segunda vez. De nuevo el abdomen. Ahora se acercaba lo difícil: el triple giro.

<<¡Altura!, -pensó durante una fracción de segundo-, necesito altura.>>

Y las piernas lo llevaron de vuelta hacia arriba. Sintió cómo los músculos y tendones se estiraban al máximo. Puso los puños sobre el pecho. El codo derecho inclinado hacia el lado derecho.  Su pie izquierdo traslapado sobre su compañero y… estaba ciego de nuevo.

No había nada qué hacer. Contó los giros: <<Uno… dos… y…>>

El lado derecho de su pie diestro tocó primero el colchón. La presión lo arrastraba sobre su flanco más hábil. De repente distinguió dónde estaba. Iba cayendo. Una vez más.

Y todo acabó.

<<Al menos por ahora, -pensó.>>

El esfuerzo de diez segundos lo había dejado exhausto. Sentado. Cabizbajo. Se había lastimado el antebrazo en ese último movimiento y para variar el abdomen le seguía molestando. Necesitaba más altura, lo sabía, lo entendía. Dos y medio no son tres.

Las palabras salieron de su boca, susurradas, jadeadas: -Dos y medio no son tres, -dijo. Mientras daba un puñetazo a la lona.

Y por un instante el sonido llegó a él. Eran risas. Voces suaves. Voces duras. Y la voz de ella, sí, la voz de ella.

Levantó la vista para obsevarla, pero el sudor se coló de nuevo en sus ojos. Había hallado un camino y no lo dejaría tan fácilmente. Los cerró inmediatamente. Deslizó los pies hacia sus glúteos, llevando las rodillas a su rostro y se limpió con su pantalón deportivo.

<<Bosco, -se dijo a si mismo.>> Al menos la tela era suave.

Su último movimiento había atraído su atención hacia él. Con sus ojos ya limpios nada impidió que los enfocara para que se encontraran con los de ella.

Eran unos ojos preciosos. Grandes, vivos. Incluso intimidantes.

<<Los más hermosos de Londres, -pensó-. O al menos eso dicen las revistas de moda.>>

Un camarógrafo se interpuso entre ellos y la conexión terminó.

La estaban entrevistando. <<De nuevo.>>

Dos tipos hacían preguntas a cuatro chicas. Dos bastaban para todas ellas. Incluso Yulia estaba allí. Pero no para ella. Ella tenía dos reporteros para sí misma. La atención que le daban era enorme, extraordinaria.

<<Ha ganado muchos corazones en pocos días, -se dijo-, pero al final es mía. Solo mía.>>

El abdomen le molestaba de nuevo.

La medallista de plata también estaba allí. Cerca de la viga de equilibrio. Igual que su novia tenía dos altos periodistas acosándola. Se lo había ganado. ¡Y vaya si era amable con ellos! Les estaba enseñando sus dos preseas y riéndose con el del micrófono.


Muchos lo odiarían cuando se enteraran. Lo sabía. El mundo entero la amaba. A ella. Pero no lo amarían a él.

Daba igual. No le importaba lo que pensaran. Nunca sufrió por lo que decían a sus espaldas en otras ocasiones. <<Y esta vez no será diferente. –Se dijo.>>

Se puso de pie. Al parecer la entrevista se alargaría mucho más.

<<¿De dónde rayos vienen ahora?, ¿Rusia 1?>>

Sabía que sucedería. Acababan de volver. El país aún estaba loco por el equipo. Pero en especial por ella.

Le habían dado un auto nuevo, dinero, flores, reconocimientos. Incluso el presidente la había felicitado públicamente. ¡Le obsequiaron tanto cuando volvió!

Pero todo eso no le importaba. Sabía que seguía prefiriendo el oso de felpa que le dio antes de que se fuera.

<<Le habrán podido dar bienes. Pero yo recibí algo mejor, mucho mejor. –El simple recuerdo lo estremeció.>>

Caminó hacia los vestidores, sin mirar atrás. No quería que notaran su ansiedad.
Los sonidos desaparecieron gradualmente. Una ducha le sentaría bien.


Con la ropa afuera el agua se deslizó sobre su pecho desnudo, cubriendo su abdomen. Pasó sus dedos por las hebras de su cabello. El antebrazo derecho aún le molestaba y el agua caliente hacía que su abdomen bajo palpitara de dolor.

Volvió la vista hacia sus piernas y lo vio. Parecía un golpe. Justo sobre la pelvis.

<<Le dije que no lo hiciera, -se consoló.>> Pero en el fondo se alegraba de que no le hubiera escuchado.

Después de unos minutos se acercó a su casillero. Tomó su ropa de uso diario y se cambió. Pantalones vaqueros azules, de algodón. Al abrochárselos una punzada de agonía recorrió su pelvis superior. Hizo una mueca de dolor. La camisa iba a continuación, seguida de unos calcetines blancos y de un par de tenis, también azules.

Tomó su maletín y salió al pasillo. Ella seguía en la sala de entrenamiento con sus compañeras. Había tenido la esperanza de despedirse de ella con un beso pero tendría que esperar un poco más.

Sus pasos resonaban por el corredor. No quedaba nadie más en el gimnasio. O al menos eso parecía.

El guarda de la puerta aún estaba en su puesto. Tenía sueño al parecer.

Al escucharlo llegar se volvió hacia él y sonrió.

-Sales tarde. ¿Todo bien? –Sus ojos delataban que había estado durmiendo.

-Por supuesto, -contestó-. Esperando un poco y aprovechando a entrenar.

-Me alegro, -respondió el anciano.- ¿Y las chicas?, ¿siguen allí?

-Sí. Unos reporteros están con ellas

-Es de esperarse. Lo han hecho bien. Me alegro por ellas.

-Yo también. -Suspiró.

Ambos se quedaron sin palabras unos segundos. El teléfono del gimnasio sonó de repente.

-Permíteme, -se excusó el guardia. Tomó el auricular y contestó:

-Diga. –dijo, soltando un bostezo.- Claro, claro, acá está en la entrada. Ahora se lo comunico.

<<¿Llamada para mí?, -se preguntó extrañado.>>

El guardia le extendió el teléfono. –Parece que tienes tu celular apagado. –Le dijo en voz baja.

<<¿Será posible?>> Sus latidos se aceleraron un poco más mientras cogía la bocina.

-Diga, -respondió.

Una voz femenina sonó al otro lado.

-¿Pavel?, por fin he terminado. ¿Podrías enseñarme la ducha un momento?

Era ella. Una sonrisa sutil asomó a sus labios.

<<El dolor del antebrazo parará mañana, –pensó.- El del abdomen… tal parece que no.>>

-Claro Aliya, -susurró.

Y una vez más la hora llegó.

3 comentarios:

  1. Juro que llore, es decir, nunca pense, ni me paso por la cabezalo que el llegaba a sentir, o como le cayo toda la fama de su novia, es decir, no puedo creerlo, me has hecho llorar con ese final, de y una vez mas la hora llego (': la ame, la leere siempre, me puso a llorar, nose quisas porque se trata de Aliya y Pavel o simplemente me llego muy al corazon

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    1. Gracias gracias. No dejes de compartirlo. Y en serio aprecio que estés pendiente de mi trabajo. No soy un profesional, ni mucho menos, pero me encanta escribir. Y si a alguien le gusta mucho que mejor.

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