Corría el año 3256, la humanidad se las ha arreglado para viajar por las estrellas.
El esfuerzo ha sido sobrehumano pero necesario; era ya imposible seguir viviendo en la tierra.
En uno de estos rincones la humanidad se ha asentado con éxito. Las transmisiones entre planetas se han limitado a una hora de tiempo real. Esto quiere decir que el ser humano en la parte más lejana de este lugar del espacio solo tendría que esperar una hora para escuchar la respuesta a sus consultas.
Lo han llamado: "la hora dorada".
Y es en uno de los tantos asteroides - residencia de este sistema solar que inicia este cuento.
Una niña: Daniela Gentian corría por su casa. La gravedad era un ochenta por ciento de la terrestre, así que aunque Daniela tenía diez años parecía de quince.
Su vida transcurría entre sus mayordomos y mucamas. Humanos todos. Aunque muy bien podrían ser robots.
Pero no, los Gentians no eran personas que se fiaran de los robots. No después de la última gran guerra en la que su familia había jugado un papel importantísimo y vital.
La creación de clones. Ese era el negocio familiar. Negocio que después de la guerra había menguado.
Las implicaciones morales empezaron a hacer mella en los habitantes de la hora dorada: "¿es justo clonar a un ser humano completo e inteligente solo para que sea esclavo de otros?"
Así que la familia Gentian. Anteriormente multimillonaria era ahora solo millonaria. Crear un hábitat alejado para los suyos había costado una completa fortuna; pero todo era poco si se pensaba en la seguridad y resguardo de su heredera: Daniela.
Los Gentian tenían tres hijas. Y Daniela era la segunda. Sin embargo era la heredera por una simple y sencilla razón: era la más inteligente.
En este futuro lejano se premiaba la inteligencia y la sabiduría. No la primogenitura.
El solo mencionar esa palabra: "primogenitura" era muy mal visto. Traía a la memoria incontables catástrofes de una civilización humana atrasada e ignorante.
A pesar de sus 10 años Daniela demostraba una madurez superior. Sus preguntas hacían sufrir a sus mucamas y mayordomos y eran el tormento de su hermana mayor.
Esta última era la vergüenza de la familia. Interesada únicamente en los shows de moda y espectáculos que abundaban en las trasmisiones inalámbricas a lo largo de la hora dorada, no se preocupaba por el negocio de la familia o las implicaciones que habían tenido en la guerra.
"Es la burla", se sorprendió diciendo a sí misma Daniela cuando, en uno de sus tantos recorridos por su enorme casa sorprendió a Melania besándose con un clon. "Usaré esto en su contra más tarde", pensó atinadamente antes de seguir ensimismada en sus pensamientos.
Los padres Gentian tenían sobre su espalda el peso de la guerra. Peso que los ahogaba cada día más.
Necesitaban aliados. Así que aún en contra de lo que deseaban tuvieron que aceptar aliarse con sus antiguos rivales en la guerra: los Marcel.
Ambas familias habían aportado los millones de guerreros que se hicieron necesarios doscientos años antes en la gran guerra del atardecer. Los Gentians proporcionaron los clones. Seres humanos creados para morir. Con los recuerdos y experiencias de combate de sus hermanos fallecidos. ¿Para qué entrenar un ejército si puedes crear uno?
Los Marcel, por el contrario, eran expertos en la fabricación de robots. Y crearon millones para la guerra.
La guerra terminó y ganó el bando que apoyaba la familia Gentian. Así es: ganaron. Pero esto último era solo teoría.
Después de la guerra y del dilema moral de tener o no clones por ahí el negocio familiar empezó a morir. Mientras que la familia Marcel con sus robots intuitivos y casi humanos fueron el nuevo auge comercial. Crecieron tanto económicamente que eran dueños de tres asteroides y de un planeta enano.
Era necesario aliarse con ellos.
Así que en contra de todos sus instintos empezaron a aceptar visitas en su residencia.
La familia Marcel era amiga ahora, y debía ser tratada como tal.
Y fue en una de esas visitas que Daniela, curiosa como era, se aventuró al puerto de entrada atraída por la novedosa nave espacial Marcel.
Se acercó tanto. Con miedo. Hasta descubrir en la puerta a dos robots guardianes de aspecto intimidante.
A punto de irse observó a un niño en la misma ventana de la nave. Tendría su misma edad. Marcel, seguramente. Como sus padres que en ese mismo instante discutía con los suyos tratados comerciales y alianzas.
Después de varias visitas dejaron al niño bajar de la nave. Y fue allí donde Daniela logró conocerlo.
Se trataba de Víctor Marcel. El heredero de todo lo que su familia poseía. Incluyendo alianzas y pactos comerciales a lo largo de la hora dorada y del sistema inicial.
Daniela, intuitiva como era, supuso que sus previos encuentros no habían sido coincidencia. No. Detrás de ellos, siempre a la distancia, se encontraban las tramas y enrollos de sus padres.
Sin embargo... era la primera vez que podía hablar con alguien ajeno a su familia y a sus fastidiosas hermanas. Hablar con alguien que no fuera un servil clon. Y no iba a desaprovechar la oportunidad.
Las pláticas iniciales trataban sobre sus hogares. Tan diferentes entre sí. Los juguetes de moda, la política de la hora dorada y las posibilidades para nuevas ramas investigativas.
Ambos niños eran dignos representantes de sus hogares.
Con el pasar del tiempo los dos crecieron y, coincidentemente, sin haberse puesto de acuerdo, detuvieron sus procesos químicos y genéticos que los mantenían en la niñez a pesar de sus veinte años de edad real.
Eran amigos, se querían mucho. Y sí, empezaba a surgir entre ellos algo más que amistad.
Por eso fue tan doloroso cuando no pudieron verse más.
El Supremo Dirigente de la hora dorada entró en conflicto con su consejero más cercano y estalló una nueva guerra.
Los jóvenes trataron de mantenerse en contacto pero las trasmisiones entre sus hogares estaban cortadas. Bloqueadas por gigantescos emisores de ondas electromagnéticas.
La guerra duró diez años. Tiempo durante el cual Daniela y Víctor estuvieron separados por millones de kilómetros de vacío espacial.
Al principio Daniela usaba clones para enviar mensajes. Pero estos eran interceptados la mayoría de veces y torturados hasta morir.
Lo mismo pasaba con Víctor. Así que después de un último mensaje entre ambos: "sobreviviremos" desistieron de intentar comunicarse-
Aunque la guerra duró solo diez años las implicaciones de esta duraron mucho más.
Cuarenta años después de iniciada la guerra del anochecer (nombre que le fue dado después) todas las casas principales se reunieron para firmar la paz gracias a la intervención de los combinados: nombre que se les daba a los seres humanos que eran más robots que humanos y que usaban la razón como ninguna otra facción humana en el pasado.
Sin embargo los combinados sabían que era imposible alcanzar la verdadera paz sin justicia. Así que se procedió a juzgar a los implicados en la guerra del anochecer.
Casi el noventa por ciento de los participantes. Incluyendo a los padres Gentian y Marcel fueron condenados a muerte y ejecutados en vivo por cadena interplanetaria.
La guerra había terminado.
De la nada Daniela y Víctor eran los jefes de sus respectivas casas, y a pesar de la tristeza por la muerte de sus padres, lo primero que hicieron al recibir la autoridad sobre sus familias fue viajar a máxima velocidad uno a los brazos de otro.
Se besaron muchas veces, hicieron el amor muchas más, y juntos prometieron ante el consejo humano y combinado no utilizar jamás la tecnología de sus casas para el mal.
Ahora se dedicarían a lo que siempre habían deseado: la investigación. Lo analizaron durante muchos años y trascendieron sus planes. Planes que fueron aplaudidos por la entera hora dorada.
Financiaron el trabajo del Clan Vivendi, especialista en genética de longevidad y juntos lograron alargar la vida del ser humano muchísimo más.
Víctor y Daniela trabajaron duro para crear naves que alcanzaran las estrellas en menos tiempo y en perfeccionar el sueño criogénico para poder dormir sin envejecer a través de largas distancias.
Y fue así como ambos empezaron a cumplir su sueño: recorrer la galaxia. Investigando. Llevando tecnología de vanguardia y soluciones a otras facciones humanas alejadas.
Se crearon mil naves con la capacidad de alcanzar un noventa y nueve por ciento de la velocidad de la luz (después de una aceleración continuada de una gravedad durante varios meses) y se establecieron circuitos que eventualmente las llevarían a, en conjunto, recorrer y comprender toda la galaxia.
Víctor y Daniela se sometieron a los tratamientos de longevidad del Clan Vivendi y se casaron a la manera de la hora dorada: inyectando una parte del material genético de uno en el otro para unirse no solo en matrimonio sino también en cuerpo y alma.
Luego, usando lo que restaba del dinero de ambas familias, se clonaron a sí mismos mil veces. De manera que en cada nave fuera un Víctor y una Daniela a bordo.
Después de cien mil años todas las naves se reunirían para intercambiar experiencias, información y tesoros. Y así volverían a partir, para continuar su sueño: investigar y amarse, hasta el final de los tiempos.
Ahí afuera no estarían solos. Jamás. Sin importar las distancias. Cada uno en su nave. Y sabiendo que más allá, en la inmensidad del espacio, viajaban otros como ellos, con los mismos sentimientos e ideas, mejorando no sólo la hora dorada sino también la galaxia entera.
