sábado, 28 de marzo de 2015

El cuento de Ellete


En una lejana y alta montaña, rodeada de nubes, de sol y de miel vivía una colonia de hadas mágicas de todos colores.

Eran pequeñas, del tamaño de un pulgar, y hermosas como la mismísima luna llena. Eran tan hermosas que todo aquel que las miraba deseaba, desde el fondo de su corazón, arrancarse los ojos de raíz, porque sabía que después de haberlas visto nada en esta tierra le parecería bonito jamás.

La más linda de todas ellas se llamaba Ellete. Trabajaba arduamente a cargo de todas las demás. Iba y venía cual abeja educando a las hadas más jóvenes, ayudándolas a comprender el mundo y a evitar los peligros que rodeaban su pacífico hogar.

Un día, sin embargo, desde una montaña nublada, apareció por los alrededores una extraña criatura. Oscura y perversa como las sombras de la noche su sola presencia bastó para enfermar a todas las hadas impidiéndoles trabajar.

Ellete estaba preocupada. Era demasiado pequeña para pelear con la bestia, y demasiado frágil para acercarse a ella sin enfermar aún más. 

Había algo oscuro y siniestro en Fe, el monstruo de nuestra historia.

Desde pequeño Fe había hallado placer en la maldad. Había competido con sus dos hermanos gemelos y los había derrotado. Se volvió tan poderoso que, en algún punto del tiempo creó seres pensantes con los que se entretenía haciéndolos pelear y morir. Era la maldad personificada, sí señor. 

Pero, ¿qué estaba haciendo allí? Esa misma pregunta se hizo Ellete; así que, arriesgándose a desfallecer se acercó a la negra criatura y, de pronto, en un resplandor de conocimiento lo notó: a pesar de toda su fuerza Fe estaba completamente solo.

Milenios de maldad lo habían cansado, ahora solo deseaba morir. 

Ellete se acercó a él y con algo de temor le ofreció su ayuda. Le dijo que, si lo deseaba, ella cargaría su pesada condena. Sí, ella cargaría con esa maldad.

Fe, traicionándose a sí mismo, pero aburrido de su propia existencia aceptó. Pensó que al dejar ir toda su fuerza por fin descansaría en paz pero, sorprendentemente no fue así… 

Ellete absorbió todo lo que él tenía dejándolo en su forma original, como un joven monstruo ni muy malo ni muy bueno, como era originalmente. Ella sin embargo creció, creció tanto que, de pronto, no era el hada inocente del inicio con el tamaño de un pulgar. Creció y sus piernas se alargaron, sus ojos se expandieron y su cabello la rodeó.

Aquello no tenía sentido para ambos. ¿Qué había pasado con la maldad de Fe? ¿A dónde había ido? Seguía ahí. Ciertamente. Quedó dentro de Ellete, simplemente no se notaba. “¿Y eso?”, te preguntarás. Pues, nada más sencillo: ni aún la maldad más terrible pudo derrotar los ojos encantadores de nuestra hada. Ni aún la oscuridad más profunda pudo contra su rostro angelical.

¿Qué pasó con la maldad entonces? Se unió a ella haciéndola agridulce. Malvada pero bella. Impredecible y a la vez bondadosa. Algo difícil de comprender.

Hay quienes dicen que Ellete es, de hecho, la antecesora de toda mujer. La primera Diosa de los tiempos.

Ellete y Fe se quisieron desde entonces y la paz regresó a la colonia. No, Fe ya no estaba solo y sí, ahora estaba completamente feliz. Al menos al inicio.





Este cuento es la continuación de "El cuento de Fe" publicado originalmente en octubre del 2013.

Diferencia de poderes


-Me gustas, ¿sabes? -Le dijo sonrojándose.
Lo dejó ir tan pronto lo sintió. Sin importarle la respuesta. Sin importarle absolutamente nada más que quitarse ese terrible peso de encima.
Pero debió quedárselo. Ohhh, vaya si debió quedárselo. Para ella. Para conservar su poder. Para no quedar así, indefensa. Vulnerable. Tan vulnerable.

¿Pagó por su error? ¡Vaya que sí! Con el tiempo.
¿Aprendió de él? Podría ser. Sería de preguntarle. Claro, si se logra hacerla hablar y recoger sus pedazos rotos del piso de ese viejo café.


“Todo en la vida trata sobre sexo, excepto el sexo… el sexo trata sobre el poder.” - Oscar Wilde

miércoles, 4 de marzo de 2015

16

-¿Por qué haces esto?- Preguntó jadeando mientras alejaba su rostro del de ella.
-Porque... se me antoja.- Respondió atrayéndolo de vuelta y pegando sus pechos contra su torso.

La sensación era gloriosa. Casi celestial. Tenía ese gusto a vainilla, a fresas, a pecado.

<<Si esto está mal, ¿por qué rayos se siente tan bien?>> Se dijo a sí mismo casi automáticamente. Automaticamente porque todas sus funciones primarias estaban centradas en lo que tenía ahora mismo frente a él. En ella. En su cintura, en sus caderas, en esos pechos agolpados con furia contra él. En su lengua que ahora mismo lo acariciaba como a un odiado rival.

Sin embargo el miedo, otra función primaria ganaba terreno también con cada segundo que pasaba. Miedo a que los descubrieran. Miedo a las repercusiones. Miedo a tener que parar.

Sus manos se deslizaron bruscamente debajo de su playera buscándole el pecho mientras él la atraía aún con más fuerza hacia su cuerpo sujetándole la parte baja de la espalda.

Era demasiado. No podía seguir. No sin arriesgarse a tener que llevar el entero ritual hasta el final. De manera que con todo el dolor de su alma la alejó nuevamente diciéndole: -Es suficiente. Alguien nos verá.

La tomó de la mano y empezó a caminar mientras ella se colocaba gracilmente a su lado y se recostaba levemente sobre él.

Esa proximidad. Ese fuego. Esa delicada mano aún húmeda y caliente que lo sujetaba con fuerza y esos ojos, <<¡Dios! Esos ojos>>, hicieron que, de repente, el mundo entero pareciera un lugar infinitamente mejor. Como si el mismísimo espacio-tiempo se modificara justo a su alrededor lo necesario para que pudieran ocultar lo que sentían.

¿Que si duraría? ¡Por supuesto que no! Pero eso era algo que ya ambos sabían muy bien. ¿Que si era un amor prohibido? Absolutamente. Lo era y lo seguiría siendo. Pero era eso lo que lo hacía aún mejor.

De momento quedaba disfrutarlo, ocultarlo, mentir. Ya habría tiempo para lamentarse después. Ohhh, vaya si habría tiempo.