En una lejana y alta montaña, rodeada de nubes, de sol y de
miel vivía una colonia de hadas mágicas de todos colores.
Eran pequeñas, del tamaño de un pulgar, y hermosas como la
mismísima luna llena. Eran tan hermosas que todo aquel que las miraba deseaba,
desde el fondo de su corazón, arrancarse los ojos de raíz, porque sabía que
después de haberlas visto nada en esta tierra le parecería bonito jamás.
La más linda de todas ellas se llamaba Ellete. Trabajaba arduamente a cargo de todas las demás. Iba y venía cual abeja educando a las hadas más jóvenes, ayudándolas a comprender el mundo y a evitar los peligros que rodeaban su pacífico hogar.
Un día, sin embargo, desde una montaña nublada, apareció por los alrededores una extraña criatura. Oscura y perversa como las sombras de la noche su sola presencia bastó para enfermar a todas las hadas impidiéndoles trabajar.
Ellete estaba preocupada. Era demasiado pequeña para pelear
con la bestia, y demasiado frágil para acercarse a ella sin enfermar aún más.
Había algo oscuro y siniestro en Fe, el monstruo de nuestra historia.
Había algo oscuro y siniestro en Fe, el monstruo de nuestra historia.
Desde pequeño Fe había hallado placer en la maldad. Había
competido con sus dos hermanos gemelos y los había derrotado. Se volvió tan
poderoso que, en algún punto del tiempo creó seres pensantes con los que se entretenía
haciéndolos pelear y morir. Era la maldad personificada, sí señor.
Pero, ¿qué estaba haciendo allí? Esa misma pregunta se hizo Ellete; así que, arriesgándose a desfallecer se acercó a la negra criatura y, de pronto, en un resplandor de conocimiento lo notó: a pesar de toda su fuerza Fe estaba completamente solo.
Pero, ¿qué estaba haciendo allí? Esa misma pregunta se hizo Ellete; así que, arriesgándose a desfallecer se acercó a la negra criatura y, de pronto, en un resplandor de conocimiento lo notó: a pesar de toda su fuerza Fe estaba completamente solo.
Milenios de maldad lo habían cansado, ahora solo deseaba morir.
Ellete se acercó a él y con algo de temor le ofreció su ayuda. Le dijo que, si lo deseaba, ella cargaría su pesada condena. Sí, ella cargaría con esa maldad.
Fe, traicionándose a sí mismo, pero aburrido de su propia existencia aceptó. Pensó que al dejar ir toda su fuerza por fin descansaría en paz pero, sorprendentemente no fue así…
Ellete absorbió todo lo que él tenía dejándolo en su forma original, como un joven monstruo ni muy malo ni muy bueno, como era originalmente. Ella sin embargo creció, creció tanto que, de pronto, no era el hada inocente del inicio con el tamaño de un pulgar. Creció y sus piernas se alargaron, sus ojos se expandieron y su cabello la rodeó.
Aquello no tenía sentido para ambos. ¿Qué había pasado con la
maldad de Fe? ¿A dónde había ido? Seguía ahí. Ciertamente. Quedó
dentro de Ellete, simplemente no se notaba. “¿Y eso?”, te preguntarás. Pues,
nada más sencillo: ni aún la maldad más terrible pudo derrotar los ojos
encantadores de nuestra hada. Ni aún la oscuridad más profunda pudo contra su
rostro angelical.
¿Qué pasó con la maldad entonces? Se unió a ella haciéndola agridulce. Malvada pero bella. Impredecible y a la vez bondadosa. Algo difícil de comprender.
Hay quienes dicen que Ellete es, de hecho, la antecesora de toda mujer. La primera Diosa de los tiempos.
Ellete y Fe se quisieron desde entonces y la paz regresó a la colonia. No, Fe ya no estaba solo y sí, ahora estaba completamente feliz. Al menos al inicio.
Este cuento es la continuación de "El cuento de Fe" publicado originalmente en octubre del 2013.
Hay quienes dicen que Ellete es, de hecho, la antecesora de toda mujer. La primera Diosa de los tiempos.
Ellete y Fe se quisieron desde entonces y la paz regresó a la colonia. No, Fe ya no estaba solo y sí, ahora estaba completamente feliz. Al menos al inicio.
Este cuento es la continuación de "El cuento de Fe" publicado originalmente en octubre del 2013.
