miércoles, 2 de julio de 2014

Nada (Relato Corto)


Tenía que escribir algo. Lo sabía. Lo había prometido. Pero entonces, ¿qué rayos hacía en ese lugar?

Las luces no lo dejaban concentrarse y la música a todo volumen menos. Martin Garrix sonaba en ese momento en la pista de baile, un nivel más abajo, haciendo que todos soltaran al unísono un: “ohhhhh” de aprobación.

-Si sigo aquí no podré terminar a tiempo.- Se convenció. Así que, en contra de sus instintos danzantes se resolvió a irse tan pronto terminara el vodka que estaba tomando.

Ricardo, así se llamaba, era todo un intelectual. O al menos de esa manera lo veían los demás. Alto, de complexión fuerte y con un cabello cuidadosamente descuidado tenía esa apariencia que hacía que, a cualquier lugar al que fuera, la gente pensara que era un experto en lo que hacía y decía. Por ejemplo, cuando iba a una galería de arte o a una exhibición fotográfica criticaba con soltura, tacto y humor, lo que hacía que incluso los mismos artistas creyeran que estaban hablando con una reencarnación de Picasso, o con un segundo Miguel Ángel. Y lo mismo puede decirse de todos los eventos a los que asistía. Sin importar lo que hiciera: cantar, bailar, discursar o debatir, parecía que Ricardo lo sabía todo y que había nacido para esa precisa actividad.

Era entonces de suponer que no le fuera nada mal con las mujeres

De hecho, hasta la noche que narramos en este instante, Ricardo había tenido más de 300 relaciones amorosas de poco más de un mes de duración cada una. Y cientos de, como dicen los estadounidenses: “one night stand” sin que pesaran de forma alguna en su conciencia.

-“He dejado atrás la culpa.”- Se jactó una vez al enviar un tuit al universo cibernético.

Según él, no servía para largas relaciones, por lo que evitaba hacer promesas que luego tendría que romper, tales como: “siempre estaré contigo” o el típico “nunca te dejaré”. Sin embargo, a pesar de afirmar que vivía sin culpa y sin remordimientos, esta no era más que una mentira, una de tantas que envolvían su ser, como un amante a su pareja antes del último amanecer.

Sí, ninguna relación pesaba sobre su mente individualmente, pero sí que pesaban colectivamente. Saber que había causado tanto daño hacía que muchas veces se deprimiera y que, inconscientemente, buscara lugares ruidosos, con mucha gente, donde no pudiera ensimismarse en sus sentimientos.

Tenemos, pues, a alguien que es capaz de ver el daño que causa en los demás, pero no los rostros que se acongojan. Lo irónico es que Ricardo, aunque veía claramente el problema, tan claro como el primer haz de luz que se cuela en una habitación oscura, no podía hacer nada para cambiarlo. Al menos no sin ayuda.

Todas esas noches cuando sin saberlo trataba de evadirse de la realidad, terminaba muchas veces seduciendo a alguna otra chica de la que al cabo de una noche, o si mucho de unas semanas, terminaría hartándose hasta la desesperación. Era pues un eterno circulo vicioso.

Esta noche en particular, a pesar de tener ganas de entablar pláticas, decidió irse a casa. Se despidió del bar-tender, no sin antes dejarle una propina, para luego bajar las gradas que lo dejarían frente a frente con el frío de la noche. Y fue en ese preciso instante que las palabras de su ex novia, y también mejor amiga, resonaron en su cabeza:

-“No eres más que un charlatán Ricardo. Si, tú sabes… como el pajarillo. Comes de todo un poco. No te decides por nada. Así es. Sabes de todo un poco, pero al final cariño, no eres, ni serás, especialista en absolutamente nada”.

Y, sin saber por qué, porque Veira no había querido insultarlo con sus palabras, estas seguían taladrándole los oídos como un molesto abejorro endemoniado. Nunca paraban. Solo cuando leía, cuando hacía el amor y cuando bailaba.

-“[…] en absolutamente nada”.
-“[…] absolutamente nada”.
-“[…] nada”.

Caminó hacia su auto, cabizbajo, con las manos en los bolsillos y con el sonido de la música sonando a lo lejos.

-¿Pero qué rayos hago en este lugar?- Se preguntó con desesperación. -Tengo que escribir algo.- Se repitió.- Lo sé. Lo he prometido.

Y de pronto, al tiempo en que los faros de un auto lo encandilaban para luego perderse en la oscuridad, Ricardo experimentó la más grande soledad que hubiera sentido jamás y, como aquel que se sabe culpable de sus castigos, se limitó a levantar brevemente la vista hacia su pequeño carro, unos metros más adelante. Nadie lo esperaba en casa. Nadie se alegraría de verlo al llegar. Nadie notaría si, de pronto, desapareciera de este mundo. Al menos no por algunos días. Así que, sintiéndose destrozado, pero orgulloso de acarrear en silencio su dolor, se subió al vehículo, lo encendió y se marchó.

Y fue esa noche, en el camino de vuelta, cuando la escuchó por primera vez. La primera y la última. Una voz sepulcral, fría y monótona que, como quien cuenta un secreto, le susurró desde el asiento trasero: -Tenía razón Ricardo. No eres absolutamente nada.


Una aguda risa envolvió el ambiente mientras la luz de los faros era lentamente engullida por la penumbra y el auto, Ricardo y Jacky se perdían para siempre jamás…