Relato ficticio.
Hacía un frío del demonio.
<<¡Maldita sea!, -dijo Yulia para sus adentros-, llevo
dos horas acá y no hay modo que salga.>>
Se refería a Ana, claro.
Ana había sido una gran gimnasta, adorable hasta el extremo,
trabajadora incansable y una excelente amiga.
<<Todo lo que yo nunca fui. –Pensó>>
Pero ahora el destino les había dado otra oportunidad. Una
oportunidad de destacar.
Las chances de que ganaran medallas por su nuevo país eran
escasas, sí, pero eran mayores que si elegían quedarse en Rusia.
<<Si es que nos aceptan. -Pensó>>
-Acá todas tienen su plaza dentro del equipo, y solo la
soltarán si las matamos. –Dijo entre risas Ana una semana antes.- Pero, no
tienes porqué ir Yulia, -añadió al ver la cara de tristeza que puso,- aunque, a
mí me encantaría que lo hicieras.
Que una chica de su categoría le hablara con tanta
familiaridad la hacía sentir especial. Así que, después de muchas lágrimas,
Yulia había aceptado.
<<La despedida será lo peor, -se dijo a sí misma
preocupada.>>
Tendría que explicar su decisión a la Federación, e incluso
a las autoridades del gobierno. Rusia seguía siendo una nación muy patriota y que
una chica decidiera cambiar su nacionalidad era poco más que un insulto.
Su teléfono sonó de repente haciendo que saltara del susto.
Artem Loik, el rapero ucraniano, sonaba cada vez que alguien la llamaba.
<<Tendré que cambiarlo al rato, -se convenció.>>
Observó la pantalla y vio quién la llamaba: Vikuska.
<<¡No puede ser!>>
Pensó unos instantes si contestar o no. Pero al final se
decidió.
-Diga.
-¡Yulia!, ¿eres tú?, -su voz sonaba preocupada.
-Sí, hola Vika. ¿Cómo estás?
-¿Cómo que cómo estoy?, ¿sabes de lo que me he enterado hoy?
¡Valentina está enojadísima! ¡Por favor, dime que no es cierto!
-Lo es Vikuska. No me queda nada acá. Lo sabes tan bien como
yo…
Un sollozo atravesó la bocina.
>>Lo siento Vika, -añadió.
-¿Hay… algo que pueda hacer para que lo reconsideres?
-No, no lo hay. A menos que quieras matar a Valentina y a
Mustafina. –Yulia río un poco.
-Lo pensaré, -respondió la chica un poco más tranquila. -Si
sabes el lío que se te viene, ¿no?
-Lo sé.
-Entiendo. Te extrañaré Yulia. ¡Vaya si lo haré!
-Y yo a ti Vika. Te adoro.
-Lo bueno es que seguirás en el país, al menos por ahora.
-Sí, -dijo lanzando un suspiro,- eso es lo bueno. –Pero Yulia
no estaba tan segura de que lo fuera.
Los minutos transcurrían con una lentitud exasperante. El
reloj la observaba recriminador.
-¿Cómo te atreves a darle la espalda a tu patria?- Parecía decirle.
<<¡No quería hacerlo!, créeme, no quería>>
Las lágrimas asomaban a sus ojos cuando la puerta del
despacho se abrió de repente haciendo que Yulia se espabilara de inmediato. Ana
estaba frente a ella. A pesar de sus años seguía luciendo una piel encantadora.
-¿Y bien?- Le preguntó.
Sonrió de oreja a oreja.
-Aprobadas, -dijo, -ambas.
Las dos se abrazaron y rieron como el par de chiquillas que
eran.
-¡Tendremos que preparar todo! –Le dijo Ana de repente sin
dejar de sonreír.- Al fin, Yulia, -añadió,- tendremos nuestra oportunidad. –Sus ojos
brillaban de felicidad.
-¡Lo sé!, lo he estado esperando con tanta ilusión que no
sabía lo que haría cuando… -Ana la interrumpió con un beso que la hizo
estremecer. Su lengua se movía dentro de su boca arrastrando a su paso un
placer indescriptible. Sabía a victoria, sabía a derrota, sabía a… ¿traición?
Muchos así lo dirían, sin duda. Pero por un solo instante se dejó llevar,
entrecerrando los ojos mientras pensaba:
<<Al diablo todos. Ya somos Azerbaiyanas.>>