Tenía el cuadro de suelo al frente. El sudor le escocía los ojos. Se
limpió con la mano empuñada pero solo consiguió que le dolieran más. No quedaba
ninguno de sus compañeros en el gimnasio, se habían marchado todos hacía ya varios
minutos.
<<Y aquí estoy yo, -pensó-, por ella, solo por ella.>>
Colocó las palmas junto a sus piernas, movió la derecha ligeramente
hacia adelante y la izquierda un poco hacia atrás. Tomó impulso y sus pies se
empezaron a desplazar. Corrió lo más rápido que pudo. Sentía el viento sobre su
rostro, tan fresco, tan libre, tan frío. Los siguientes movimientos lo cegaron.
Todo sucedió por inercia.
Pierna derecha unos centímetros por delante de su compañera. Las palmas
al piso. Ambas dirigidas solo un poco hacia la izquierda. Lo suficiente para
ayudarle a completar la rondonada. El suelo pasó frente a sus ojos a una
velocidad vertiginosa. Sus piernas surcaban el espacio; y de pronto las puntas
de sus pies tocaron la superficie de nuevo. Sabía lo que se avecinaba.
<<El primer flic-flac.>>
Arqueó la espalda de vuelta al piso. La parte baja del abdomen le dio
una punzada. Sus manos tocaron la lona y todo se repitió una segunda vez. De
nuevo el abdomen. Ahora se acercaba lo difícil: el triple giro.
<<¡Altura!, -pensó durante una fracción de segundo-, necesito
altura.>>
Y las piernas lo llevaron de vuelta hacia arriba. Sintió cómo los
músculos y tendones se estiraban al máximo. Puso los puños sobre el pecho. El
codo derecho inclinado hacia el lado derecho. Su pie izquierdo traslapado sobre su compañero
y… estaba ciego de nuevo.
No había nada qué hacer. Contó los giros: <<Uno… dos… y…>>
El lado derecho de su pie diestro tocó primero el colchón. La presión
lo arrastraba sobre su flanco más hábil. De repente distinguió dónde estaba. Iba
cayendo. Una vez más.
Y todo acabó.
<<Al menos por ahora, -pensó.>>
El esfuerzo de diez segundos lo había dejado exhausto. Sentado.
Cabizbajo. Se había lastimado el antebrazo en ese último movimiento y para
variar el abdomen le seguía molestando. Necesitaba más altura, lo sabía, lo
entendía. Dos y medio no son tres.
Las palabras salieron de su boca, susurradas, jadeadas: -Dos y medio no
son tres, -dijo. Mientras daba un puñetazo a la lona.
Y por un instante el sonido llegó a él. Eran risas. Voces suaves. Voces
duras. Y la voz de ella, sí, la voz de ella.
Levantó la vista para obsevarla, pero el sudor se coló de nuevo en sus
ojos. Había hallado un camino y no lo dejaría tan fácilmente. Los cerró
inmediatamente. Deslizó los pies hacia sus glúteos, llevando las rodillas a su
rostro y se limpió con su pantalón deportivo.
<<Bosco, -se dijo a si mismo.>> Al menos la tela era suave.
Su último movimiento había atraído su atención hacia él. Con sus ojos
ya limpios nada impidió que los enfocara para que se encontraran con los de
ella.
Eran unos ojos preciosos. Grandes, vivos. Incluso intimidantes.
<<Los más hermosos de Londres, -pensó-. O al menos eso dicen las
revistas de moda.>>
Un camarógrafo se interpuso entre ellos y la conexión terminó.
La estaban entrevistando. <<De nuevo.>>
Dos tipos hacían preguntas a cuatro chicas. Dos bastaban para todas
ellas. Incluso Yulia estaba allí. Pero no para ella. Ella tenía dos reporteros
para sí misma. La atención que le daban era enorme, extraordinaria.
<<Ha ganado muchos corazones en pocos días, -se dijo-, pero al final
es mía. Solo mía.>>
El abdomen le molestaba de nuevo.
La medallista de plata también estaba allí. Cerca de la viga de equilibrio.
Igual que su novia tenía dos altos periodistas acosándola. Se lo había ganado.
¡Y vaya si era amable con ellos! Les estaba enseñando sus dos preseas y
riéndose con el del micrófono.
Muchos lo odiarían cuando se enteraran. Lo sabía. El mundo entero la
amaba. A ella. Pero no lo amarían a él.
Daba igual. No le importaba lo que pensaran. Nunca sufrió por lo que
decían a sus espaldas en otras ocasiones. <<Y esta vez no será diferente.
–Se dijo.>>
Se puso de pie. Al parecer la entrevista se alargaría mucho más.
<<¿De dónde rayos vienen ahora?, ¿Rusia 1?>>
Sabía que sucedería. Acababan de volver. El país aún estaba loco por el
equipo. Pero en especial por ella.
Le habían dado un auto nuevo, dinero, flores, reconocimientos. Incluso
el presidente la había felicitado públicamente. ¡Le obsequiaron tanto cuando
volvió!
Pero todo eso no le importaba. Sabía que seguía prefiriendo el oso de
felpa que le dio antes de que se fuera.
<<Le habrán podido dar bienes. Pero yo recibí algo mejor, mucho
mejor. –El simple recuerdo lo estremeció.>>
Caminó hacia los vestidores, sin mirar atrás. No quería que notaran su
ansiedad.
Los sonidos desaparecieron gradualmente. Una ducha le sentaría bien.
Con la ropa afuera el agua se deslizó sobre su pecho desnudo, cubriendo
su abdomen. Pasó sus dedos por las hebras de su cabello. El antebrazo derecho aún
le molestaba y el agua caliente hacía que su abdomen bajo palpitara de dolor.
Volvió la vista hacia sus piernas y lo vio. Parecía un golpe. Justo
sobre la pelvis.
<<Le dije que no lo hiciera, -se consoló.>> Pero en el
fondo se alegraba de que no le hubiera escuchado.
Después de unos minutos se acercó a su casillero. Tomó su ropa de uso
diario y se cambió. Pantalones vaqueros azules, de algodón. Al abrochárselos una
punzada de agonía recorrió su pelvis superior. Hizo una mueca de dolor. La
camisa iba a continuación, seguida de unos calcetines blancos y de un par de
tenis, también azules.
Tomó su maletín y salió al pasillo. Ella seguía en la sala de
entrenamiento con sus compañeras. Había tenido la esperanza de despedirse de
ella con un beso pero tendría que esperar un poco más.
Sus pasos resonaban por el corredor. No quedaba nadie más en el
gimnasio. O al menos eso parecía.
El guarda de la puerta aún estaba en su puesto. Tenía sueño al parecer.
Al escucharlo llegar se volvió hacia él y sonrió.
-Sales tarde. ¿Todo bien? –Sus ojos delataban que había estado
durmiendo.
-Por supuesto, -contestó-. Esperando un poco y aprovechando a entrenar.
-Me alegro, -respondió el anciano.- ¿Y las chicas?, ¿siguen allí?
-Sí. Unos reporteros están con ellas
-Es de esperarse. Lo han hecho bien. Me alegro por ellas.
-Yo también. -Suspiró.
Ambos se quedaron sin palabras unos segundos. El teléfono del gimnasio
sonó de repente.
-Permíteme, -se excusó el guardia. Tomó el auricular y contestó:
-Diga. –dijo, soltando un bostezo.- Claro, claro, acá está en la
entrada. Ahora se lo comunico.
<<¿Llamada para mí?, -se preguntó extrañado.>>
El guardia le extendió el teléfono. –Parece que tienes tu celular
apagado. –Le dijo en voz baja.
<<¿Será posible?>> Sus latidos se aceleraron un poco más
mientras cogía la bocina.
-Diga, -respondió.
Una voz femenina sonó al otro lado.
-¿Pavel?, por fin he terminado. ¿Podrías enseñarme la ducha un momento?
Era ella. Una sonrisa sutil asomó a sus labios.
<<El dolor del antebrazo parará mañana, –pensó.- El del abdomen…
tal parece que no.>>
-Claro Aliya, -susurró.
Y una vez más la hora llegó.